En el Paraguay de 1821, la figura de José Artigas —aquel que había desafiado imperios y delineado el destino de una región— se encontraba reducida a la escala humana del vecindario. Lejos de las grandes batallas, su vida transcurría en Curuguaty, bajo la mirada atenta y a veces turbia de las autoridades locales. Los documentos de la época, particularmente los que narran los incidentes de la Fiesta de la Virgen del Carmen en agosto de 1821, revelan una faceta fascinante y cotidiana del prócer.
Un lazo espiritual: La Virgen del Carmen
Es profundamente simbólico que el incidente ocurriera precisamente durante la celebración patronal dedicada a la Virgen del Carmen. Para Artigas, esta devoción no era una coincidencia, sino un lazo que lo unía a su pasado glorioso. Fue el propio Artigas quien, en 1816, fundó la ciudad de Carmelo en la Banda Oriental bajo esta advocación, dejando allí una impronta espiritual que lo acompañó hasta su exilio. En Curuguaty, años después, Artigas seguía siendo un hombre de fe, asistiendo a misa y participando de la vida religiosa, intentando encontrar sosiego en una tierra que, aunque le brindaba refugio, lo observaba con recelo.
El incidente: Violencia en la fiesta
La armonía de la celebración fue violentamente interrumpida por el presbítero Venancio Toubé. Según consta en los documentos, el cura —conocido por sus habituales estados de embriaguez y comportamientos erráticos— irrumpió en la reunión donde se encontraba Artigas. Mientras el vicario Orué, una figura de alta dignidad eclesiástica, trataba al exiliado con deferencia y respeto —cumpliendo la orden del Dictador Francia de tratarlo bien—, Toubé representaba la arbitrariedad. En un acto de violencia imperativa y bajo los efectos del alcohol, el cura intentó expulsar a Artigas y a su círculo de "gente decente", profanando el espíritu festivo con insultos y agresiones físicas.
¿Por qué "El Americano"?
Lo más revelador de este episodio es cómo los documentos identifican a Artigas. Para sus contemporáneos en Curuguaty, no era simplemente un exiliado, sino "El Americano".
Este apelativo, lejos de ser un título honorífico neutral, funcionaba como una categoría política de "otredad". Al llamarlo "Americano", las autoridades y los sectores que rodeaban al prócer marcaban una distancia clara. No lo etiquetaban como "insurgente", "caudillo" o "jefe de bandidos" —términos que implicarían una amenaza directa al orden del Dictador—, sino como alguien ajeno, un extranjero en su propia tierra. En boca de ciertos funcionarios, esta etiqueta cargaba con un matiz despectivo y de sospecha, situándolo fuera de los moldes locales y convirtiéndolo en un símbolo incómodo para un sistema que intentaba contener la magnitud histórica de un hombre que, incluso en el exilio, seguía resonando en la memoria colectiva.
Un Artigas de carne y hueso
Lo que estos testimonios rescatados en el sumario judicial nos permiten ver es a un Artigas humano. Un hombre que, ante la furia ebria de Toubé, respondió con moderación y discreción, evitando el conflicto que el sacerdote buscaba desesperadamente. Este Artigas cotidiano, que se incorporó al vecindario y participó de sus festividades, es una faceta que nos ayuda a comprender mejor su capacidad de resiliencia.
Como investigador, el seguimiento de estos pasos en el territorio de Curuguaty nos permite reconstruir no solo los hechos, sino la atmósfera en la que vivió el prócer. La historia de Artigas no es solo la de las grandes batallas, sino también la de este hombre que, en la paz de una fiesta patronal, tuvo que enfrentar las mezquindades de su entorno mientras mantenía, con dignidad, su lugar en la historia.
Este análisis se basa en el estudio de las crónicas de la época, los documentos judiciales del periodo y el seguimiento documental de los pasos de José Artigas en Curuguaty.
Roberto Schiappapietra
Fuentes:
Archivo Nacional de Asunción.

