El triunfo de la honestidad de Artigas frente a la injuria y ambición de los delegados centralistas porteños en el Congreso de los EEUU.
Artigas y Washington
El 25 de marzo de 1818 el presidente de Estados Unidos, James Monroe, quinto desde la fundación de aquella gran nación, envió al Congreso de ese país una Resolución o Proyecto para que allí se debatiera, tratara y, en consecuencia, se resolviera una cuestión que nos concernía a los orientales.
¿Cuál era el motivo de aquella nota del presidente Monroe al Congreso de los Estados Unidos de América y que aludía expresamente a la Banda Oriental y a su pueblo?
Para responder a esta interrogante debemos remontarnos unos años antes . Desde la Revolución de Mayo de 1810 el gobierno de Buenos Aires intentó por diversos medios su reconocimiento por parte de los Estados Unidos .
Sus intentos fueron siempre infructuosos, hasta que a comienzos del año 1817 el gobierno del Directorio de Buenos Aires, emanado del Congreso de Tucumán, del cual no participaron Entre Ríos, Corrientes, Santa Fé, Misiones ni la Banda Oriental, envía sus representantes frente al Gobierno de los Estados Unidos a los efectos de que este reconociera la independencia de la Argentina, sin aclarar cuál era exactamente su territorio.
Esta solicitud del gobierno de Buenos Aires motivó a que desde Washington se enviara al Río de la Plata embajadores y diplomáticos a fin de verificar lo que aquí ocurría.
Estos diplomáticos no solo concurrieron a Buenos Aires, también lo hicieron a nuestra tierra, la Banda Oriental. El cónsul de los Estados Unidos en las Provincias del Plata desde 1814, don Thomas Lloyd Halsey, va pues en carácter oficial al Hervidero, la villa de Purificación, a entrevistarse con el Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres, el General José Artigas. Allí es recibido por Artigas con cordialidad y respeto, dentro de la austeridad espartana con que se vivía. Artigas es enterado de la misión diplomática de aquel hombre, se trataba de que el gobierno de Estados Unidos de América se informara, de primera mano, de lo que ocurría en el Río de la Plata, política y militarmente. En esos momentos el gobierno de Buenos Aires, en guerra con Artigas, y habiendo sido derrotado en Guayabos, se había aliado con el reino de Portugal y le había entregado la Banda Oriental con el fin de destruir a Artigas y su ideario federal y libertario. Por este motivo no era tan claro para el gobierno de los Estados Unidos cuál era realmente la situación política en el Río de la Plata, ni cuáles eran exactamente los territorios reivindicados por el directorio porteño para su nación. ¿ Comprendía esta el Protectorado de los Pueblos Libres bajo la protección de José Artigas? Estas legítimas dudas fueron las que determinaron al gobierno de Washington a enviar a su Cónsul en el Río de la Plata a viajar hasta la costa del arroyo Hervidero, en el campamento de Purificación, a orillas del río Uruguay.
El General José Artigas aprovecha esta circunstancia y entrega al Sr. consul Thomas Lloyd Halsey una nota dirigida al presidente de los Estados Unidos, el Sr. James Monroe.
Esta nota dice así, en referencia al cónsul de Estados Unidos, que en tiempos de guerra y barbarie había concurrido a entrevistar al Protector de los Pueblos Libres y Jefe de los Orientales a orillas del Uruguay:
“Le he ofrecido mis respetos y todos mis servicios, y quiero valerme de esta favorable ocasión que se me ofrece, para presentar a V.E. mis cordiales respetos. Los variados acontecimientos de la revolución me han privado hasta aquí de la oportunidad de unir el cumplimiento de este deber con mis deseos. Ruego a V.E. se sirva aceptarlos, ahora que tengo el honor de ofrecerlos, con la misma sinceridad de que me encuentro poseído para promover la felicidad y la gloria de esta República. A conseguirla se dirigen todos mis esfuerzos, como también los de los miles de mis conciudadanos. Que el cielo escuche nuestras preces”. José Artigas
Esta breve nota, cargada de sentido de patria y sencillez, llegó a manos del presidente Monroe, quien, fiel a su doctrina, la atesoró.
El Congreso de Estados Unidos resolvió tratar el asunto del reconocimiento del gobierno del Directorio de Buenos Aires, emanado del Congreso de Tucumán .
El Congreso Americano por resolución del 5 de diciembre de 1817 pidió antecedentes al gobierno de Monroe para juzgar y fallar sobre la independencia del Plata .
Se fijó la fecha para hacerlo. El Congreso sesionó para tratar este asunto los días 24, 25, 26, 27 y 28 de marzo de 1818 .
Esas sesiones contaron con la activa presencia de los más connotados representantes de todo el territorio de los Estados Unidos de América. Participaron de aquellas extensas e intensas sesiones 195 diputados.
Aquellas sesiones del Congreso no fueron simples. Allí estaban ejerciendo su presión los enviados del gobierno de Buenos Aires y sus mentores, los representantes de las monarquías europeas, que estaban detrás de aquel .
Los representantes del Congreso se dividieron entre quienes apoyaban la solicitud del gobierno de Buenos Aires y quienes tenían reparos, por falta de información y claridad, en los objetivos que aquella solicitud perseguía.
El primer día de sesiones del Congreso de los Estados Unidos de América, los representantes a favor de reconocer la independencia del gobierno de Buenos Aires expusieron sus argumentos. Y lo hicieron en forma vehemente y consistente. Pero existían muchas dudas. Es entonces que el presidente Monroe envía al Congreso el día 25 de marzo de 1818 la nota de Artigas. Aquella nota del Jefe de los Orientales que el presidente Monroe ha atesorado se hace pública.
Esta nota de Artigas fue leída en el Congreso Americano por el secretario de Estado John Quincy Adams, sucesor de Monroe como presidente e hijo del segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams.
Y el mismo Adams se transformó en su más celoso defensor. Durante el transcurso del debate, que duró 5 días, John Quincy Adams le pregunta a los enviados de Buenos Aires si Artigas fue consultado sobre la petición que ellos hacían allí.
Estas fueron sus palabras al respecto: “¿Y ese territorio que gobierna Artigas? Habéis presentado poderes del gobierno de Buenos Aires; nos traéis una carta de O´Higgings, el jefe de los chilenos. ¿Traéis alguna de Artigas, el jefe de los orientales? Decís que sois agente de los gobiernos argentino y chileno. ¿Y el oriental? ¿Quién os da la representación de ese pueblo heroico, que como Chile está separado de Buenos Aires por fronteras naturales y que quiere su autonomía? Yo veo allá a ese hombre Artigas, que lucha solo con su pueblo. ¿Quién es ese Artigas? Yo veo a Montevideo en poder de un monarca europeo, del portugués. Y ese rey extranjero está allí con el beneplácito del gobierno de Buenos Aires que vos representáis, y que pide el reconocimiento. ¿Quién me garante entonces la estabilidad, la verdad de esa patria, de principios idénticos a los nuestros, de que me estáis hablando? Y si ese Artigas, jefe de la Banda Oriental, que proclama la independencia republicana, me pide el reconocimiento que vosotros me pedís, el reconocimiento de su independencia de España y de Buenos Aires, qué le contesto? ¿Me he de poner contra él en la lucha que sostiene con vosotros —aliados del rey de Portugal— en defensa de la democracia?”.
Esta fue la defensa que hizo el secretario de Estado, Adams, del Jefe de los Orientales y de su ideario, allí en el seno del Congreso de los Estados Unidos. Pero no fue el único. Las palabras del diputado por Maryland, Smith, fueron las siguientes: “ El Ejecutivo Directorio del Plata hace la guerra como aliado del rey de Portugal contra Artigas, que es el jefe de la Banda Oriental y que parece ser en verdad un republicano, un hombre de poca educación, pero de cerebro fuerte y de inteligencia vigorosa, valiente, activo, abnegado por su país y poseedor de la plena confianza del pueblo que dirige”. Fuerte y claro Smith.
El debate en el Congreso continuó en forma intensa. Finalmente, el día 28 de marzo de 1818, antes de la votación del Congreso Americano, el secretario de Estado, Adams, hablando en nombre del presidente Monroe, dice estas palabras refiriéndose a José Artigas: “El único demócrata de las Provincias Unidas del Río de la Plata es el bravo y caballeresco republicano General Artigas” (The brave and galant republicain General Artigas).
La voz del Jefe de los Orientales, desde un confín de su territorio, fuente de sus recursos, a orillas del río Uruguay en su campamento del Hervidero en Purificación, fue escuchada y resonó fuerte en el Congreso de los Estados Unidos de América.
La votación del Congreso en que se laudó aquella cuestión del reconocimiento del gobierno de Buenos Aires fue: 145 votos en contra de reconocer dicho gobierno y 50 a favor de hacerlo. La voz de Artigas y su pueblo heroico fue escuchada.
Aquella nota de Artigas, dirigida al presidente de los Estados Unidos James Monroe y leída por Adams en su Congreso fue a nuestra patria en su bautismo el fecundante riego .
FUENTE: SEMANARIO BUSQUEDA, MARZO 2018
LA PATRIA DE WASHINGTON LE OFRECE ASILO
El gobierno y pueblo norteamericanos miraron con simpatía los esfuerzos realizados por sus hermanos del Sur, tendientes a conquistar su independencia, pensando que implantarían la forma republicana. Así lo manifestaron a los primeros delegados de la junta de Buenos Aires, que en 1811 llegaron hasta allá, a fin de hacerles conocer la revolución y conseguir su apoyo moral y material en la venta de armamentos.
Dada las buenas relaciones que los Estados Unidos mantenían con España, la misión era reservadísima, llevando los comisionados don Diego de Saavedra y don Juan Pedro Aguirre, los nombres de Pedro López y José Cabrera. Después de algunas audiencias confidenciales con Monroe, que a la sazón era ministro del presidente Madisson, le contestó: “Que Estados Unidos vería con agrado la emancipación de sus hermanos los pueblos del Sur, bajo una constitución liberal. Que en ese concepto le prestarían el apoyo compatible con las circunstancias”.
En esos momentos, Buenos Aires veía sucederse en el gobierno los directorios y los triunviratos; en aquellos continuos cambios la misión tuvo que regresar sin haber podido concretar nada, realizando sólo la compra de mil fusiles.
Transcurren seis años; estamos en 1817. Año aciago para la patria oriental, que cae bajo las garras del portugués.
Las embajadas extraordinarias han recorrido las cortes europeas en busca del soñado príncipe. Mejor las han visto los diplomáticos norteamericanos que representan a su país ante esos mismos monarcas, y siguen con interés el curso de las negociaciones, enterándose
de los sucesos rioplatenses en todos sus detalles; estudiando principalmente las tendencias y doctrinas de los hombres dirigentes.
Algunos han sido presentados a Rivadavia y a Alvear en Londres y París. Han sostenido con ellos largas conversaciones, a través de las cuales han entrevisto la figura de Artigas, entre dicterios, de bárbaro y anárquico facineroso y bandolero; pero luchando impertérrito contra el español y el portugués, y que seguirá luchando contra todo rey extranjero que ose poner su planta en tierra americana.
Los representantes de la democracia del, Norte, vieron, a pesar de la nebulosa en que la envolvían, la única personalidad que encarnaba sus ideas. Recio tronco que da vida a un árbol desgajado sin piedad. Lo demás son para ellos hojas caducas que el viento se lleva. Re¬ cogieron la clara visión del hombre a través del disfraz, que le quitaron inteligentemente para presentarlo, ante el gobierno de Washington. Allí se le comprendió, se le amó y le llamaron sinceramente hermano.
El gobierno de la Unión tenía en el Plata un agente consular que lo informaba de las alternativas e incidencias de la lucha. En el año 1817 desempeñaba ese cargo el señor Thomas Lloyd Halsey, quien mantenía relaciones personales con Artigas y lo puso en comunicación directa con el presidente Monroe, como lo prueba la carta que desde Purificación le dirige aquél, con fecha 19 de setiembre del mismo año, la cual empezaba así: “He tenido el honor de comunicarme en primer término con el señor Thomas Lloyd Halsey, cónsul de los Estados
Unidos en estas regiones, y debo congratularme de tan afortunado incidente. Le he ofrecido todos mis respetos y servicios y me valdré de esta ocasión favorable para presentar a V. E. mi más cordial saludo”.
Artigas habla de sus luchas en pro de la libertad y bienestar generales, de los sacrificios que realizan los pueblos que lo acompañan.
No hemos podido conocer la respuesta de Monroe; hemos sabido que el archivo de este consulado fué a parar a Buenos Aires en la época del gobierno de Pueyrredón, por quien fué expulsado el citado cónsul de las Provincias Unidas, según lo expresa una nota del mismo dirigida a Monroe, fechada el 31 de enero de 1818, en la cual le explica los motivos que lo obligan a proceder así:
“Ha llegado al abuso de su poder y no ha hesitado en promover los intentos insidiosos de los descontentos y de los perturbadores de la paz. Hasta se ha puesto en contacto con el leader de los anarquistas don José Artigas. ..”
En los archivos del departamento correspondiente de Estados Unidos existe una carta que e 1 señor Halsey, al dejar el consulado, escribiera al comisionado especial de la Unión en Sud América, Mr. John Graham, datada el 26 de agosto de 1818. No podemos dejar de transcribirla; encierra un juicio consagratorio de nuestro procer, expresado por un hombre que lo conoció personalmente, que supo comprender y valorar los sacrificios que realizara y los escollos que venciera en sus luchas. Después de tratar varios puntos describiendo el panorama rioplatense. Halsey se refiere a Artigas: “El general Artigas ha establecido su campamento en el Río Negro, equidistante de un cuerpo de tropas que está frente a los portugueses en el rio Uruguay, arriba de Purificación (de cuyo sitio él los ha expulsado) y de los que están cerca de la Colonia.
Pero Artigas carece de casi todo lo necesario para las operaciones militares, tal como provisiones, armas, pólvora, balas y dinero. Cómo él mantiene unidos a sus hombres y hace frente a los portugueses, es extraordinario. Nada v sino su gran genio y el amor de su pueblo hacia él, puede efectuarlo...”
En la hermosa lengua de Byron, este pensamiento, que es una condenación de lo que hemos venido demostrando a lo largo de esta obra, dice así: “Nothing but his great genius and the love of the people to him could possibly it”. Halsey para finalizar agrega: “¿No harán algo los Estados Unidos por Artigas, el mejor y más desinteresado patriota de estas regiones?”
Cuando con este conocimiento de los hombres y de los hechos se expresaba el cónsul norteamericano, Artigas no podía ser un desconocido en su país.
Estamos ante la sorpresa con que se encontrará el nuevo delegado del directorio que preside Pueyrredón, el cual en 1818 llegará ante aquel gobierno a solicitar el reconocimiento de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que acaba de proclamar el
Congreso de Tucumán. Esto lo sabemos nosotros; también lo saben en Norte América. Este delegado, que va confiado en el éxito de su misión es don Manuel Hermenegildo Aguirre. Preside entonces la gran nación del Norte el ilustre Monroe, que ya conocimos como ministro de Madisson tratando con la delegación que llegó en 1811. Mr.
Adams, que será su sucesor, es ahora su ministro. Su ascensión a este puesto, antesala de la presidencia de la república, hizo surgir un rival, Mr. Clay, que se convertirá en leader de la oposición al gobierno en la cámara de representantes. Estos dos adversarios políticos serán las columnas centrales que discutirán el reconocimiento inmediato o no de las Provincias Unidas, en las cuales va incluida la Banda Oriental; esa tierra que con tanto tesón defiende Artigas, ellos lo saben muy bien, de las ambiciones europeas. Será el presidente Monroe, el mismo que en 1823 lanzará su célebre doctrina de “América para los americanos”, quien tendrá que intervenir. ¿Puede pedirse mayor comunidad de ideales entre los hombres del Norte y nuestro modesto, pero grande, caudillo del Sur?
El delegado Aguirre que lleva representación del directorio de Buenos Aires y de O’Higgins, como jefe del territorio chileno, no lleva ninguna de Artigas. ¡Qué había de llevar! Eso es, precisamente, lo que se le ocurre a Mr. Adams preguntarle al representante argentino.
Ha de ser también este punto, que por insignificante ni siquiera se pensó en él al enviar al delegado, el que ha de ocupar cinco sesiones consecutivas, las del 24, 25, 26, 27 y 28 de marzo de 1818; las cuales resultaron una apoteosis tributada a nuestro procer.
Veamos cómo sucedieron las cosas.
El enviado de Pueyrredón fué recibido una sola vez por el presidente Monroe, quien le reiteró las protestas de amistad de los Estados Unidos a sus hermanos del Sur. Trató ampliamente con su ministro Mr. Adams, y éste conocía, tal vez mejor que el comisionado, los entretelones de la turbia política rioplatense. Zorrilla de San
Martín ha resumido, del libro de sesiones, aquellas largas conferencias en una interesante página que vamos a transcribir, respetando la autoridad de su pluma: “El agente argentino, dice, se pone entonces en comunicación escrita con el Ministro Adams, al que elocuentemente expone los títulos que tienen las “Provincias Unidas” al reconocimiento; pero al entrar a precisar su negocio el representante de Buenos Aires se ve desconcertado por la siguiente pregunta: “¿Cuáles son los territorios que han de constituir el nuevo Estado, cuya representación invoquéis y cuya independencia queréis ver reconocida por la democracia de Washington?”
Aguirre contesta con vacilación: “Son los que constituyeron el virreinato del Río de la Plata”.
—“Y ese territorio que gobierna Artigas, responde Adams, ¿no formaba parte del virreinato?... Habéis presentado poderes del gobierno de Buenos Aires; me traéis una carta de O’Higgins, jefe de los chilenos, ¿traéis alguna de Artigas, el jefe de los orientales, con quien ha tratado nuestro cónsul, que ha estado en comunicación con nuestro Presidente, que nos ha ofrecido su amistad republicana?... ¿Quién os da la representación de ese pueblo heroico que, como Chile, está separado de Buenos Aires por fronteras naturales y quiere su autonomía?... Yo veo allí a ese hombre Artigas, que lucha solo con su pueblo, y que, cuando menos, representa tanto como O’Higgins... ¿Quién es ese Artigas? Yo veo a Montevideo en poder de una monarquía europea, del portugués hermano del español, protegido de la Santa Alianza, que no puede ser nuestra amiga. Y ese extranjero está allí, con el beneplácito del gobierno de Buenos Aires. ¿Y si Artigas, jefe de la Banda Oriental, me pide el reconocimiento de su independencia? ¿Qué le contesto, si hoy reconozco su dependencia de vosotros, sin su voluntad o contra de ella?
“¿Me he de poner contra él, en la lucha que sostiene contra vosotros, aliados del rey de Portugal, en defensa de la democracia? ¿Y si el mismo portugués me pide el reconocimiento de su dominio sobre Montevideo... ?”
Hasta aquí la voz de Mr. Adams. Escuchemos ahora la contestación de Aguirre, también por intermedio de Zorrilla de San Martín, en cuya “Epopeya” ofrece abundante documentación y ricas sugerencias sobre este punto magno de la historia del Rio de la Plata, en el cual se dan brochazos de luz y justicia a la figura de nuestro procer.
“Aguirre, dice, tuvo que responder a la formidable objeción de Adams... Oid su contestación que os va a llenar de asombro:
“Artigas, aunque en hostilidades con el gobierno de Buenos Aires, dijo, sostiene la causa de la independencia contra España. En cuanto a la invasión portuguesa, el motivo principal de esa guerra es la antigua pretensión de Brasil a mayores límites territoriales. Será probablemente imposible que lo consiga porque uno de nuestros más distinguidos jefes, ayudado por los más amplios recursos está ahora comprometido en el rechazo de esas tropas. Y no obstante el doble vínculo en que se une ahora ese soberano al rey de España, nuestra existencia nacional, lejos de estar seriamente comprometida por la guerra en ese rincón está fortalecida por ella”.
‘‘Ese rincón, sigue diciendo Zorrilla de San Martín, era la Banda Oriental; ese distinguido jefe, ayudado por los más amplios recursos... yo no sé quién era. ¿Sería Artigas? ¡Artigas representado por el agente de Pueyrredón!
“Convengamos en que la posición del señor Aguirre era muy escabrosa y llena de peligros”.
No obstante, como es lógico, Estados Unidos tenía interés en que las colonias del Sur se transformaran en países independientes, siempre que contribuyeran a extender sus principios republicanos. Pero a fin de proceder con conocimiento de causa, el gobierno de Monroe dispuso el envío de una delegación especial al Río de la Plata, para que estudiando los hechos sobre el terreno pudiera obrar con imparcialidad. Fueron designados al efecto tres personalidades: Mr. César Rodney, Juan Graham y Teodorico Bland, que debían partir en la fragata de guerra “Congreso” hacia nuestras playas. Antes fué necesario llevar ese asunto al parlamento. Aquí se presentó la ocasión inesperada para que el nombre de Artigas llenara los ámbitos de aquel congreso durante cinco sesiones consecutivas.
Al ser puesto sobre el tapete el citado asunto, Mr. Clay, a quien ya conocemos como rival de Mr. Adams, protestó enérgicamente por el no reconocimiento inmediato de la independencia de las Provincias Unidas, aduciendo que reunían las condiciones necesarias para formar un pueblo soberano. Norte América, no debe esperar a que los reyes le den el ejemplo de reconocimiento a la única república que existe en el mundo después de la nuestra. Aquí se levanta la voz de Adams, Smith, Forsth y otros, rebatiendo que los hombres en cuyas manos estaba la dirección del movimiento político del Sur, no eran de ideas republicanas, estaban en connivencia con las cortes europeas, especialmente con la portuguesa, la cual ya había iniciado su conquista en los antiguos dominios españoles. Eso y mucho más dijo Adams.
El nombre de Artigas resonó en aquel congreso como numen forjador de la democracia sudamericana. Era la primera vez que aparecía en la historia, despojado del disfraz calumnioso que le envolvía; Adams lo rubricó noblemente con estas célebres palabras: “El único campeón
-de la democracia en aquellas regiones es el bravo y caballeresco republicano general Artigas”.
Así se deslizaron aquellas cinco sesiones, que fueron de amplio reconocimiento a la obra de nuestro procer, ignoradas por él mismo, mientras atravesaba la época más trágica de su vida.
¡Qué lejos de pensar estaba Artigas, que su nombre tan calumniado en la tierra que defendiera, auroleado por la justicia, llenaba el recinto del parlamento de la nación más libre del mundo!
Acaso nunca llegó a saberlo. El egoísmo humano dispone de tantos medios eficaces para retener oculto lo bueno que se dice del prójimo, como para propalar lo malo.
Por aquel congreso pasó, para ser estudiada y discutida en sus puntos fundamentales, toda la historia del Río de la Plata. La figura modesta del paladín republicano del Sur, permaneció de pie, pasando sobre el fuego de la discusión, como Cristo sobre el Tiberiades, sin que las olas que levantaba intentaran enlodar la orla de su túnica. Una nueva consagración alcanzó su nombre cuando Mr. Smith, diputado por Maryland, expuso textualmente: “El Directorio del Río de la Plata, hace la guerra como aliado del rey de Portugal, contra Artigas, que es el jefe de la Banda Oriental y que parece ser en verdad un republicano, un hombre de cerebro fuerte y de inteligencia vigorosa, valiente, activo, abnegado por su país, y poseedor de la plena confianza del pueblo del cual es jefe”.
La controversia crecía en proporciones y los argumentos se multiplicaban: ninguno de los contendientes puso en tela de juicio el honrado patriotismo del jefe de los orientales. Allí nadie lo presentó como facineroso y ladrón. A las puertas de aquel libérrimo congreso, que encontró cerradas, se detuvo la calumnia, que no considerándose vencida, siguió aullando por todos los ámbitos de la América del Sur.
El formidable argumento de Adams, que no podía reconocerse la independencia de las Provincias Unidas mientras la patria de Artigas estuviera sometida al monarca portugués, y él y su pueblo se desangraran luchando por su libertad, no pudo ser rebatido. Al ser llevado a votación, una mayoría aplastante apoyó a M. Adams en su victoria. Ciento cincuenta congresales lo aplaudieron, mientras que sólo cuarenta y cinco acompañaron a Mr. Clay.
En resumen, el triunfo de Adams, que era el triunfo moral de Artigas en la historia del Río de la Plata, había sido completo. El envío de la comisión, que motivó aquella célebre controversia, fué resuelto favorablemente.
La fragata llegó a Buenos Aires en 1818, durante lo más recio de Ja lucha de Artigas contrá el portugués y Pueyrreaón, quienes querían deshacerse de él a cualquier precio, aun contra la voluntad del pueblo argentino que miraba con dolor el sacrificio del hermano oriental.
Imposible ocultar esta magna figura en el escenario de las luchas rioplatenses a los comisionados de Monroe, que quieren ver por sus propios ojos cómo se desarrollan los sucesos, sin conformarse con lo que les dicen. Han de informar separadamente cada uno, según sus propias impresiones.
A fin de facilitarles la tarea y de que no hubiese discrepancias de opiniones, pensó Pueyrredón regalarles un resumen escrito que condensara en todas sus fases esa figura tan discutida, para que los tres comisionados estudiaran en él al diabólico personaje, sin necesidad de molestarse en investigaciones oficiosas. Fué encargado de este trabajo, que lo ha hecho tristemente célebre, Pedro Feliciano Cavia, que ya conocemos como secretario de Sarratea, en el Ayuí, y expulsados juntos del segundo sitio de Montevideo. Ahora le llegaba el momento de poner a prueba sus dotes de calumniador. ¡Y a fe que las demostró! Este fué el origen del panfleto de Pedro F. Cavia, que a la sazón ocupaba el puesto de oficial mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores. No hay duda que estaba bien interiorizado del asunto; expuso solamente todo aquello que de más terrorífico e inhumano pudo urdir. El libelo, no tuvo el éxito esperado en el espíritu de los comisionados estadounidenses; no hay duda que llenó su misión en otras personas menos enteradas de los asuntos políticos de la historia del Río de la Plata, en viajeros que la bebieron en esa emponzoñada fuente.
Los agentes de Monroe no se conformaron con lo que le decían los informadores oficiales, ni el libelo citado, la prensa que escribía para ellos, ni los documentos que se les ofrecían. Ellos escucharon la voz de los pueblos, dieron crédito a todas aquellas personas que creyeron dignas de merecerlo. Ninguno de los tres pudo ver a Artigas, ni escuchar sus razones, ni oir su voz; pero lo presintieron. Vieron en él y en su pueblo a la única nebulosa capaz de concretar en el Sur el ideario realizado por sus hermanos del Norte.
Oigamos lo que al respecto dijo cada uno de ellos, a pesar de no tener informadores artiguistas: Rodney, después de resumir la historia platense, de transmitir lo que ha visto y oído, y hasta de enviar documentos que le han dado con ese fin, termina su informe con este sintético juicio sobre Artigas: “Es justo agregar, sin embargo, que el general Artigas es considerado por personas dignas de crédito, como un amigo firme de la independencia del país. Difícilmente podría esperarse de mí una opinión decisiva sobre esta delicada cuestión sobre el estado de todo el territorio. No he tenido la satisfacción de celebrar un interview formal con el general Artigas, que es incuestionablemente un hombre de excepcionales y singulares talentos. Pero si tuviera que arrojar una conjetura, creo que no sería difícil que en ésta, como en la mayor parte de las disputas domésticas, haya falta de ambas partes. Es de lamentar que estén en abierta hostilidad”.
Este Rodney entrevio a Artigas, como se distinguen los perfiles de una montaña a través de la niebla. Lo vió grande, no definido; le ocultaron la magnitud de su obra, como le ocultaron la de sus enemigos, parte de la cual ha venido a conocerse cuarenta o cincuenta años después.
Sin embargo, vió más de lo que los enemigos del héroe hubieran deseado. Vió, a pesar de no haberlo visto, que el general Artigas era un hombre de excepcionales talentos, y vió también que era amigo firme de la independencia del país.
Graham, el otro comisionado, tampoco pudo ver a Artigas, tuvo las mismas fuentes oficiales de informaciones que sus compañeros. Pero a pesar de todo recoge impresiones personales sobre Artigas, que le parecen muy justas y razonables, y las comunica a su gobierno sintetizadas en esta forma: “El general Artigas y sus partidarios sostienen que la intención del gobierno de Buenos Aires es dominarlos y obligarlos a someterse a un estado de cosas que les arrebate los privilegios del “self-government” que se consideran con derecho a reclamar.
“Dicen ellos que están deseosos de unirse a los pueblos de la margen occidental del río; pero no en forma de quedar sujetos a la tiranía de Buenos Aires.
“Esta guerra ha tenido por origen una combinación de causas, en la que quizá ambas partes tienen algo de que quejarse, y algo de que arrepentirse ellas mismas. El mutuo interés requeriría la unión, agrega, pero mucha moderación y discreción son necesarias para conseguirlas, mucho más de lo que en estos momentos puede esperarse de los ánimos irritados de algunos de los personajes principales de ambos lados”.
Hasta aquí la palabra de Graham, que sabe escuchar la voz de los orientales cargada de protesta ante la injusta sumisión a que anhela someterlos al centralismo porteño. También ha visto que los orientales ansian unirse al pueblo argentino, que comparte con ellos sus aspiraciones de justicia.
El más explícito de los tres comisionados es Teodorico Bland, que traza en claros rasgos todo el cuadro que sus ojos vieron: la ambición de predominio de Buenos Aires, la opinión pública dividida en republicana y monarquista, en federalista y unitaria, la mordaza impuesta a la prensa, etc., para finalizar con este juicio: “Artigas puso a prueba los planes del gobierno de Buenos Aires exigiendo que la Banda Oriental fuese considerada como un estado.. . Fué considerado esto como lo más irracional, criminal y declarada rebelión contra el gobierno único, legítimo, de las Provincias Unidas, que según su doctrina alcanzaba a todo el virreinato, dentro del cual la ciudad de Buenos Aires había sido, y debía ser siempre, la capital de la cual emanase toda autoridad... Artigas denunció y combatió esto como manifestación de un espíritu de injusta arbitrariedad, al cual no debía ni podía someterse.. . “Artigas, arrastrado primero en una dirección después en otra; atacado por los portugueses y por Buenos Aires, y en guardia siempre ante un ataque de España, mantiene toda la población sometida al imperio de su voluntad...”
“Podría decirse que Artigas y sus gauchos defienden generosamente sus hogares, sus derechos y su patria, y que el Rey de Portugal tiene el propósito de agrandar su dominios con la anexión de una parte de la provincia al Brasil.. .”
Después de haber escuchado las opiniones serenas de estos hombres ajenos a las pasiones dominantes, que han visto entre las sombras del ambiente, la figura del procer republicano, no nos sorprenderá que cuando dos años más tarde se desplome, sea el hermano del Norte, el único capaz de comprender la trágica grandeza de su caída. A través de mares y océanos, selvas y ríos, ha de llegar una atenta nota, en la que “a nombre de su gobierno le ofrece generosamente al General Artigas los medios de seguridad para trasladarse a los E.E. U.U. donde sería bien recibido, se le asignaría el sueldo de su clase para vivir tranquilamente, con comodidad y con las consideraciones debidas a su rango...” El gobierno de Washington, agrega la nota, tendrá mucha satisfacción en recibir a huésped tan honorable en la Unión Americana”.
¡Qué intima sensación de gratitud inunda el alma al escuchar estas palabras, rayo de luz en el vendaval!
Noble actitud de un pueblo, que ennoblece a la humanidad. Porque rara vez el poderoso, cuando nada debe ni espera del vencido, le tiende su mano amiga en tan fraterno ademán.
Por eso nos sentimos impulsados a exclamar: ¡Gracias, hermanos del Norte! ¡Gracias por vuestro generoso recuerdo y reconfortantes palabras, únicas que llegaron, como bálsamo reparador, hasta el corazón del vencido!
Tan noble rasgo no ha de ser olvidado por los hijos de la patria que proclamara a Artigas, padre espiritual de la misma. En los pueblos, como en las familias, se transmiten a las generaciones los recuerdos y la veneración para quienes tuvieron gestos tales, con nuestros antepasados.
Casi todos los historiadores, al llegar a este punto decisivo de la vida de Artigas, se asombran ante la inesperada resolución de negarse a aceptar un asilo tan espontáneamente ofrecido, en el único país donde han comprendido su misión y valorado su sacrificio. “¡Alma fuerte y extravagante”, exclama Zorrilla de San Martín, al sumergirse en su espíritu; del que dice “tiene el silencio de los lagos de las montañas, inmóviles y profundísimos en sus nieblas...” “No en vano los comentarios son aquí contradictorios”, agrega. Nadie se explica el porqué de esa negativa.
Lamy Dupuy, Leandro Ipuche y otros historiadores modernos, afirman que Artigas entró al Paraguay, no a solicitar un asilo sino a concertar una alianza, que Francia lo tomó prisionero encerrándolo en un convento.
Si Francia, dudando de Artigas, lo hubiera hecho su prisionero, jamás lo habría tratado como huésped colmándolo de obsequios. Porque es necesario conocer la psicología del dictador y su proceder hacia aquellas personas que no le inspiraban confianza, para convencernos de que Artigas debió merecer la suya, cuando así lo trató, a pesar de la severísima vigilancia que desarrolló a su alrededor durante su destierro. Nos parece inverosímil que Artigas hubiese pensado en esta supuesta alianza, en momentos de derrota e incertidumbre, cuando no la había conseguido en los tiempos de su protectorado, no obstante las reiteradas veces que, como medio defensivo contra los enemigos comunes, lo propuso al dictador.
Nosotros, pretendiendo desentrañar el misterio de su negativa al ofrecimiento del gobierno norteamericano, prefiriendo solicitarlo al doctor Francia, con quien nunca se han comprendido ni se comprenderán, nos hemos sumergido en el problema y sin pretensiones decisivas, emitiremos nuestro juicio.
Hemos estudiado el momento histórico y el lugar geográfico en que se hallaba Artigas en aquel momento en que, vencido, lo consideramos con derecho a disponer de su destino.
Si en este dificil trance se hallara hoy un militar de nuestros días, fácil le seria dominar el espacio como las aves, desplegar sus alas donde encontrara propicio el clima y generoso el suelo.
Pero transportémonos al momento en que Artigas habia llegado perseguido por Ramírez, hasta Misiones, provincia mediterránea, en cuyas azarosas jornadas había recibido la citada nota. Recordemos que su perseguidor era dueño de todos los territorios que habían quedado a espaldas del héroe vencido, es decir: Entre Ríos, Corrientes y Misiones, con los cuales había proclamado la república de Entre Ríos, designando la ciudad de Corrientes por capital. También dominaba los ríos, desde que se había apoderado de la flotilla artiguista comandada por el afamado Pedro Campbell, aquel soldado inglés de Beresford que quiso unir sus esfuerzos a los de estos hombres que tan denodadamente se batían por su libertad.
Los territorios situados al oriente del Paraná y Uruguay estaban en posesión de los portugueses, sus enemigos, lo mismo que Montevideo resguardada por su poderosa escuadra. En Buenos Aires gobernaba Sarratea, cuyas relaciones con Artigas, ya conocemos. ¿Por dónde, pues, podía salir de aquel anillo de hierro, si se hubiera resuelto aceptar el generoso ofrecimiento del gobierno de Washington?
La situación de Artigas, encerrado en un bolsón, en el centro de América, era singularmente difícil. Ya había estado a punto de caer en manos de Ramírez, en el encuentro sobre el río Mocoretá, donde “le puse en tales aprietos, dice en su parte oficial, que dejó ensillado su caballo y se escapó en ancas del que montaba su hijo
Manuel”.
Por eso, conocedor del terreno y de los peligros que lo rodeaban, Artigas comprendió que le sería imposible aceptar aquel fraternal llamado, que el único camino a seguir era saltar las barrancas del Paraná y entrar en la tierra donde dominaba la férrea mano de Gaspar de Rodríguez Francia. Esa única puerta también estaba cerrada. Era necesario llamar y esperar que, después de largas investigaciones, el dictador resolviera si permitía correr o no sus pesados cerrojos. El héroe se inclinó, y llamó a la hermética puerta.
¡Paradojas del destino que salpican la vida de nuestro procer! ¡El apóstol de la libertad pidiendo asilo a la sombra de la tiranía!
Allá irá, a compartir la suerte de ese pueblo oprimido. Su inmenso desengaño de los hombres necesitaba, para dormirse, el silencio de las selvas, entre las fieras salvajes!
Ha terminado su vida pública, él mismo se decretó su muerte civil, sin detenerse a pensar en la suerte que le estará reservada, dado que para morir son iguales todos los lugares de la tierra!
El 20 de agosto ya el héroe ha tomado una resolución definitiva. En esta fecha escribe a Francia manifestándole su decisión de abandonar la lucha, “desengañado de las defecciones, traiciones e ingratitudes de que había sido objeto y víctima”. En consecuencia solicita un asilo de la “generosidad del Dictador”; agregando que si no se lo otorgaba se iría a vivir en los montes”.
No fué necesario. La respuesta de Francia no se hizo esperar mucho tiempo; y como él mismo lo dice, envió a un oficial con 20 húsares en su busca. A ellos entregó el héroe su espada cargada de gloria. Así terminó su misión épica, austeramente como él la realizó. Pero su ejemplo arrojado en semillas fecundas, quedaba gestándose en surcos generosos.
Las riberas del Paraná, insensibles como el Tiempo, acogieron su vida de proscripto. Nada ni nadie lo arrancará de allí. Fué inflexible consigo mismo, sin debilidades ni sentimentalismos, en la hora de la inmolación como lo había sido cuando se impuso cumplir la alta misión con que lo invistió el destino. La barquilla de Caronte lo conduciría al otro lado del Paraná, donde reinaba el misterio de las sombras.
Ruidos de cadenas, dolor de prisiones, aves de un pueblo oprimido, retumban en el silencio ...
Ese es el nuevo escenario en que va a posar su planta el hombre que todo lo sacrificó por la libertad de los pueblos. Ante la puerta aún cerrada, el Protector de los Pueblos cambió su ropaje de soldado por el tosco sayal laico; las sandalias con que cumpliría su misión de Padre de los Pobres.
FUENTE: "Artigas : Defensor de la democracia Americana", FEBRERO DE 1944,ELISA MENENDEZ



