jueves, 8 de enero de 2026

Artigas y Monroe...

 

El triunfo de la honestidad de Artigas frente a la injuria y ambición de los delegados centralistas porteños en el Congreso de los EEUU.


Artigas y Washington

 

El 25 de marzo de 1818 el presidente de Estados Unidos, James Monroe, quinto desde la fundación de aquella gran nación, envió al Congreso de ese país una Resolución o Proyecto para que allí se debatiera, tratara y, en consecuencia, se resolviera una cuestión que nos concernía a los orientales.

¿Cuál era el motivo de aquella nota del presidente Monroe al Congreso de los Estados Unidos de América y que aludía expresamente a la Banda Oriental y a su pueblo?

Para responder a esta interrogante debemos remontarnos unos años antes . Desde la Revolución de Mayo de 1810 el gobierno de Buenos Aires intentó por diversos medios su reconocimiento por parte de los Estados Unidos .

Sus intentos fueron siempre infructuosos, hasta que a comienzos del año 1817 el gobierno del Directorio de Buenos Aires, emanado del Congreso de Tucumán, del cual no participaron Entre Ríos, Corrientes, Santa Fé, Misiones ni la Banda Oriental, envía sus representantes frente al Gobierno de los Estados Unidos a los efectos de que este reconociera la independencia de la Argentina, sin aclarar cuál era exactamente su territorio.

Esta solicitud del gobierno de Buenos Aires motivó a que desde Washington se enviara al Río de la Plata embajadores y diplomáticos a fin de verificar lo que aquí ocurría.

Estos diplomáticos no solo concurrieron a Buenos Aires, también lo hicieron a nuestra tierra, la Banda Oriental. El cónsul de los Estados Unidos en las Provincias del Plata desde 1814, don Thomas Lloyd Halsey, va pues en carácter oficial al Hervidero, la villa de Purificación, a entrevistarse con el Jefe de los Orientales y Protector de los Pueblos Libres, el General José Artigas. Allí es recibido por Artigas con cordialidad y respeto, dentro de la austeridad espartana con que se vivía. Artigas es enterado de la misión diplomática de aquel hombre, se trataba de que el gobierno de Estados Unidos de América se informara, de primera mano, de lo que ocurría en el Río de la Plata, política y militarmente. En esos momentos el gobierno de Buenos Aires, en guerra con Artigas, y habiendo sido derrotado en Guayabos, se había aliado con el reino de Portugal y le había entregado la Banda Oriental con el fin de destruir a Artigas y su ideario federal y libertario. Por este motivo no era tan claro para el gobierno de los Estados Unidos cuál era realmente la situación política en el Río de la Plata, ni cuáles eran exactamente los territorios reivindicados por el directorio porteño para su nación. ¿ Comprendía esta el Protectorado de los Pueblos Libres bajo la protección de José Artigas? Estas legítimas dudas fueron las que determinaron al gobierno de Washington a enviar a su Cónsul en el Río de la Plata a viajar hasta la costa del arroyo Hervidero, en el campamento de Purificación, a orillas del río Uruguay.

El General José Artigas aprovecha esta circunstancia y entrega al Sr. consul Thomas Lloyd Halsey una nota dirigida al presidente de los Estados Unidos, el Sr. James Monroe.

Esta nota dice así, en referencia al cónsul de Estados Unidos, que en tiempos de guerra y barbarie había concurrido a entrevistar al Protector de los Pueblos Libres y Jefe de los Orientales a orillas del Uruguay:

“Le he ofrecido mis respetos y todos mis servicios, y quiero valerme de esta favorable ocasión que se me ofrece, para presentar a V.E. mis cordiales respetos. Los variados acontecimientos de la revolución me han privado hasta aquí de la oportunidad de unir el cumplimiento de este deber con mis deseos. Ruego a V.E. se sirva aceptarlos, ahora que tengo el honor de ofrecerlos, con la misma sinceridad de que me encuentro poseído para promover la felicidad y la gloria de esta República. A conseguirla se dirigen todos mis esfuerzos, como también los de los miles de mis conciudadanos. Que el cielo escuche nuestras preces”. José Artigas

Esta breve nota, cargada de sentido de patria y sencillez, llegó a manos del presidente Monroe, quien, fiel a su doctrina, la atesoró.

El Congreso de Estados Unidos resolvió tratar el asunto del reconocimiento del gobierno del Directorio de Buenos Aires, emanado del Congreso de Tucumán .

El Congreso Americano por resolución del 5 de diciembre de 1817 pidió antecedentes al gobierno de Monroe para juzgar y fallar sobre la independencia del Plata .

Se fijó la fecha para hacerlo. El Congreso sesionó para tratar este asunto los días 24, 25, 26, 27 y 28 de marzo de 1818 .

Esas sesiones contaron con la activa presencia de los más connotados representantes de todo el territorio de los Estados Unidos de América. Participaron de aquellas extensas e intensas sesiones 195 diputados.

Aquellas sesiones del Congreso no fueron simples. Allí estaban ejerciendo su presión los enviados del gobierno de Buenos Aires y sus mentores, los representantes de las monarquías europeas, que estaban detrás de aquel .

Los representantes del Congreso se dividieron entre quienes apoyaban la solicitud del gobierno de Buenos Aires y quienes tenían reparos, por falta de información y claridad, en los objetivos que aquella solicitud perseguía.

El primer día de sesiones del Congreso de los Estados Unidos de América, los representantes a favor de reconocer la independencia del gobierno de Buenos Aires expusieron sus argumentos. Y lo hicieron en forma vehemente y consistente. Pero existían muchas dudas. Es entonces que el presidente Monroe envía al Congreso el día 25 de marzo de 1818 la nota de Artigas. Aquella nota del Jefe de los Orientales que el presidente Monroe ha atesorado se hace pública.

Esta nota de Artigas fue leída en el Congreso Americano por el secretario de Estado John Quincy Adams, sucesor de Monroe como presidente e hijo del segundo presidente de los Estados Unidos, John Adams.

Y el mismo Adams se transformó en su más celoso defensor. Durante el transcurso del debate, que duró 5 días, John Quincy Adams le pregunta a los enviados de Buenos Aires si Artigas fue consultado sobre la petición que ellos hacían allí.

Estas fueron sus palabras al respecto: “¿Y ese territorio que gobierna Artigas? Habéis presentado poderes del gobierno de Buenos Aires; nos traéis una carta de O´Higgings, el jefe de los chilenos. ¿Traéis alguna de Artigas, el jefe de los orientales? Decís que sois agente de los gobiernos argentino y chileno. ¿Y el oriental? ¿Quién os da la representación de ese pueblo heroico, que como Chile está separado de Buenos Aires por fronteras naturales y que quiere su autonomía? Yo veo allá a ese hombre Artigas, que lucha solo con su pueblo. ¿Quién es ese Artigas? Yo veo a Montevideo en poder de un monarca europeo, del portugués. Y ese rey extranjero está allí con el beneplácito del gobierno de Buenos Aires que vos representáis, y que pide el reconocimiento. ¿Quién me garante entonces la estabilidad, la verdad de esa patria, de principios idénticos a los nuestros, de que me estáis hablando? Y si ese Artigas, jefe de la Banda Oriental, que proclama la independencia republicana, me pide el reconocimiento que vosotros me pedís, el reconocimiento de su independencia de España y de Buenos Aires, qué le contesto? ¿Me he de poner contra él en la lucha que sostiene con vosotros —aliados del rey de Portugal— en defensa de la democracia?”.

Esta fue la defensa que hizo el secretario de Estado, Adams, del Jefe de los Orientales y de su ideario, allí en el seno del Congreso de los Estados Unidos. Pero no fue el único. Las palabras del diputado por Maryland, Smith, fueron las siguientes: “ El Ejecutivo Directorio del Plata hace la guerra como aliado del rey de Portugal contra Artigas, que es el jefe de la Banda Oriental y que parece ser en verdad un republicano, un hombre de poca educación, pero de cerebro fuerte y de inteligencia vigorosa, valiente, activo, abnegado por su país y poseedor de la plena confianza del pueblo que dirige”. Fuerte y claro Smith.

El debate en el Congreso continuó en forma intensa. Finalmente, el día 28 de marzo de 1818, antes de la votación del Congreso Americano, el secretario de Estado, Adams, hablando en nombre del presidente Monroe, dice estas palabras refiriéndose a José Artigas: “El único demócrata de las Provincias Unidas del Río de la Plata es el bravo y caballeresco republicano General Artigas” (The brave and galant republicain General Artigas).

La voz del Jefe de los Orientales, desde un confín de su territorio, fuente de sus recursos, a orillas del río Uruguay en su campamento del Hervidero en Purificación, fue escuchada y resonó fuerte en el Congreso de los Estados Unidos de América.

La votación del Congreso en que se laudó aquella cuestión del reconocimiento del gobierno de Buenos Aires fue: 145 votos en contra de reconocer dicho gobierno y 50 a favor de hacerlo. La voz de Artigas y su pueblo heroico fue escuchada.

Aquella nota de Artigas, dirigida al presidente de los Estados Unidos James Monroe y leída por Adams en su Congreso fue a nuestra patria en su bautismo el fecundante riego .

FUENTE: SEMANARIO BUSQUEDA, MARZO 2018 

 

LA PATRIA DE WASHINGTON LE OFRECE ASILO 

 El gobierno y pueblo norteamericanos miraron con simpatía los esfuerzos realizados por sus hermanos del Sur, tendientes a conquistar su independencia, pensando que implantarían la forma republicana. Así lo manifestaron a los primeros delegados de la junta de Buenos Aires, que en 1811 llegaron hasta allá, a fin de hacerles conocer la revolución y conseguir su apoyo moral y material en la venta de armamentos. 
Dada las buenas relaciones que los Estados Unidos mantenían con España, la misión era reservadísima, llevando los comisionados don Diego de Saavedra y don Juan Pedro Aguirre, los nombres de Pedro López y José Cabrera. Después de algunas audiencias confidenciales con Monroe, que a la sazón era ministro del presidente Madisson, le contestó: “Que Estados Unidos vería con agrado la emancipación de sus hermanos los pueblos del Sur, bajo una constitución liberal. Que en ese concepto le prestarían el apoyo compatible con las circunstancias”. 

En esos momentos, Buenos Aires veía sucederse en el gobierno los directorios y los triunviratos; en aquellos continuos cambios la misión tuvo que regresar sin haber podido concretar nada, realizando sólo la compra de mil fusiles. 

Transcurren seis años; estamos en 1817. Año aciago para la patria oriental, que cae bajo las garras del portugués. 

Las embajadas extraordinarias han recorrido las cortes europeas en busca del soñado príncipe. Mejor las han visto los diplomáticos norteamericanos que representan a su país ante esos mismos monarcas, y siguen con interés el curso de las negociaciones, enterándose 
de los sucesos rioplatenses en todos sus detalles; estudiando principalmente las tendencias y doctrinas de los hombres dirigentes. 

Algunos han sido presentados a Rivadavia y a Alvear en Londres y París. Han sostenido con ellos largas conversaciones, a través de las cuales han entrevisto la figura de Artigas, entre dicterios, de bárbaro y anárquico facineroso y bandolero; pero luchando impertérrito contra el español y el portugués, y que seguirá luchando contra todo rey extranjero que ose poner su planta en tierra americana. 

Los representantes de la democracia del, Norte, vieron, a pesar de la nebulosa en que la envolvían, la única personalidad que encarnaba sus ideas. Recio tronco que da vida a un árbol desgajado sin piedad. Lo demás son para ellos hojas caducas que el viento se lleva. Re¬ cogieron la clara visión del hombre a través del disfraz, que le quitaron inteligentemente para presentarlo, ante el gobierno de Washington. Allí se le comprendió, se le amó y le llamaron sinceramente hermano. 

El gobierno de la Unión tenía en el Plata un agente consular que lo informaba de las alternativas e incidencias de la lucha. En el año 1817 desempeñaba ese cargo el señor Thomas Lloyd Halsey, quien mantenía relaciones personales con Artigas y lo puso en comunicación directa con el presidente Monroe, como lo prueba la carta que desde Purificación le dirige aquél, con fecha 19 de setiembre del mismo año, la cual empezaba así: “He tenido el honor de comunicarme en primer término con el señor Thomas Lloyd Halsey, cónsul de los Estados 
Unidos en estas regiones, y debo congratularme de tan afortunado incidente. Le he ofrecido todos mis respetos y servicios y me valdré de esta ocasión favorable para presentar a V. E. mi más cordial saludo”. 

Artigas habla de sus luchas en pro de la libertad y bienestar generales, de los sacrificios que realizan los pueblos que lo acompañan. 

No hemos podido conocer la respuesta de Monroe; hemos sabido que el archivo de este consulado fué a parar a Buenos Aires en la época del gobierno de Pueyrredón, por quien fué expulsado el citado cónsul de las Provincias Unidas, según lo expresa una nota del mismo dirigida a Monroe, fechada el 31 de enero de 1818, en la cual le explica los motivos que lo obligan a proceder así: 
“Ha llegado al abuso de su poder y no ha hesitado en promover los intentos insidiosos de los descontentos y de los perturbadores de la paz. Hasta se ha puesto en contacto con el leader de los anarquistas don José Artigas. ..” 

En los archivos del departamento correspondiente de Estados Unidos existe una carta que e 1 señor Halsey, al dejar el consulado, escribiera al comisionado especial de la Unión en Sud América, Mr. John Graham, datada el 26 de agosto de 1818. No podemos dejar de transcribirla; encierra un juicio consagratorio de nuestro procer, expresado por un hombre que lo conoció personalmente, que supo comprender y valorar los sacrificios que realizara y los escollos que venciera en sus luchas. Después de tratar varios puntos describiendo el panorama rioplatense. Halsey se refiere a Artigas: “El general Artigas ha establecido su campamento en el Río Negro, equidistante de un cuerpo de tropas que está frente a los portugueses en el rio Uruguay, arriba de Purificación (de cuyo sitio él los ha expulsado) y de los que están cerca de la Colonia. 
Pero Artigas carece de casi todo lo necesario para las operaciones militares, tal como provisiones, armas, pólvora, balas y dinero. Cómo él mantiene unidos a sus hombres y hace frente a los portugueses, es extraordinario. Nada v sino su gran genio y el amor de su pueblo hacia él, puede efectuarlo...” 

En la hermosa lengua de Byron, este pensamiento, que es una condenación de lo que hemos venido demostrando a lo largo de esta obra, dice así: “Nothing but his great genius and the love of the people to him could possibly it”. Halsey para finalizar agrega: “¿No harán algo los Estados Unidos por Artigas, el mejor y más desinteresado patriota de estas regiones?” 

Cuando con este conocimiento de los hombres y de los hechos se expresaba el cónsul norteamericano, Artigas no podía ser un desconocido en su país. 

Estamos ante la sorpresa con que se encontrará el nuevo delegado del directorio que preside Pueyrredón, el cual en 1818 llegará ante aquel gobierno a solicitar el reconocimiento de la independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata, que acaba de proclamar el 
Congreso de Tucumán. Esto lo sabemos nosotros; también lo saben en Norte América. Este delegado, que va confiado en el éxito de su misión es don Manuel Hermenegildo Aguirre. Preside entonces la gran nación del Norte el ilustre Monroe, que ya conocimos como ministro de Madisson tratando con la delegación que llegó en 1811. Mr. 
Adams, que será su sucesor, es ahora su ministro. Su ascensión a este puesto, antesala de la presidencia de la república, hizo surgir un rival, Mr. Clay, que se convertirá en leader de la oposición al gobierno en la cámara de representantes. Estos dos adversarios políticos serán las columnas centrales que discutirán el reconocimiento inmediato o no de las Provincias Unidas, en las cuales va incluida la Banda Oriental; esa tierra que con tanto tesón defiende Artigas, ellos lo saben muy bien, de las ambiciones europeas. Será el presidente Monroe, el mismo que en 1823 lanzará su célebre doctrina de “América para los americanos”, quien tendrá que intervenir. ¿Puede pedirse mayor comunidad de ideales entre los hombres del Norte y nuestro modesto, pero grande, caudillo del Sur? 

El delegado Aguirre que lleva representación del directorio de Buenos Aires y de O’Higgins, como jefe del territorio chileno, no lleva ninguna de Artigas. ¡Qué había de llevar! Eso es, precisamente, lo que se le ocurre a Mr. Adams preguntarle al representante argentino. 

Ha de ser también este punto, que por insignificante ni siquiera se pensó en él al enviar al delegado, el que ha de ocupar cinco sesiones consecutivas, las del 24, 25, 26, 27 y 28 de marzo de 1818; las cuales resultaron una apoteosis tributada a nuestro procer. 

Veamos cómo sucedieron las cosas. 

El enviado de Pueyrredón fué recibido una sola vez por el presidente Monroe, quien le reiteró las protestas de amistad de los Estados Unidos a sus hermanos del Sur. Trató ampliamente con su ministro Mr. Adams, y éste conocía, tal vez mejor que el comisionado, los entretelones de la turbia política rioplatense. Zorrilla de San 
Martín ha resumido, del libro de sesiones, aquellas largas conferencias en una interesante página que vamos a transcribir, respetando la autoridad de su pluma: “El agente argentino, dice, se pone entonces en comunicación escrita con el Ministro Adams, al que elocuentemente expone los títulos que tienen las “Provincias Unidas” al reconocimiento; pero al entrar a precisar su negocio el representante de Buenos Aires se ve desconcertado por la siguiente pregunta: “¿Cuáles son los territorios que han de constituir el nuevo Estado, cuya representación invoquéis y cuya independencia queréis ver reconocida por la democracia de Washington?” 

Aguirre contesta con vacilación: “Son los que constituyeron el virreinato del Río de la Plata”. 

—“Y ese territorio que gobierna Artigas, responde Adams, ¿no formaba parte del virreinato?... Habéis presentado poderes del gobierno de Buenos Aires; me traéis una carta de O’Higgins, jefe de los chilenos, ¿traéis alguna de Artigas, el jefe de los orientales, con quien ha tratado nuestro cónsul, que ha estado en comunicación con nuestro Presidente, que nos ha ofrecido su amistad republicana?... ¿Quién os da la representación de ese pueblo heroico que, como Chile, está separado de Buenos Aires por fronteras naturales y quiere su autonomía?... Yo veo allí a ese hombre Artigas, que lucha solo con su pueblo, y que, cuando menos, representa tanto como O’Higgins... ¿Quién es ese Artigas? Yo veo a Montevideo en poder de una monarquía europea, del portugués hermano del español, protegido de la Santa Alianza, que no puede ser nuestra amiga. Y ese extranjero está allí, con el beneplácito del gobierno de Buenos Aires. ¿Y si Artigas, jefe de la Banda Oriental, me pide el reconocimiento de su independencia? ¿Qué le contesto, si hoy reconozco su dependencia de vosotros, sin su voluntad o contra de ella? 

“¿Me he de poner contra él, en la lucha que sostiene contra vosotros, aliados del rey de Portugal, en defensa de la democracia? ¿Y si el mismo portugués me pide el reconocimiento de su dominio sobre Montevideo... ?” 

Hasta aquí la voz de Mr. Adams. Escuchemos ahora la contestación de Aguirre, también por intermedio de Zorrilla de San Martín, en cuya “Epopeya” ofrece abundante documentación y ricas sugerencias sobre este punto magno de la historia del Rio de la Plata, en el cual se dan brochazos de luz y justicia a la figura de nuestro procer. 

“Aguirre, dice, tuvo que responder a la formidable objeción de Adams... Oid su contestación que os va a llenar de asombro: 

“Artigas, aunque en hostilidades con el gobierno de Buenos Aires, dijo, sostiene la causa de la independencia contra España. En cuanto a la invasión portuguesa, el motivo principal de esa guerra es la antigua pretensión de Brasil a mayores límites territoriales. Será probablemente imposible que lo consiga porque uno de nuestros más distinguidos jefes, ayudado por los más amplios recursos está ahora comprometido en el rechazo de esas tropas. Y no obstante el doble vínculo en que se une ahora ese soberano al rey de España, nuestra existencia nacional, lejos de estar seriamente comprometida por la guerra en ese rincón está fortalecida por ella”. 

‘‘Ese rincón, sigue diciendo Zorrilla de San Martín, era la Banda Oriental; ese distinguido jefe, ayudado por los más amplios recursos... yo no sé quién era. ¿Sería Artigas? ¡Artigas representado por el agente de Pueyrredón! 

“Convengamos en que la posición del señor Aguirre era muy escabrosa y llena de peligros”. 

No obstante, como es lógico, Estados Unidos tenía interés en que las colonias del Sur se transformaran en países independientes, siempre que contribuyeran a extender sus principios republicanos. Pero a fin de proceder con conocimiento de causa, el gobierno de Monroe dispuso el envío de una delegación especial al Río de la Plata, para que estudiando los hechos sobre el terreno pudiera obrar con imparcialidad. Fueron designados al efecto tres personalidades: Mr. César Rodney, Juan Graham y Teodorico Bland, que debían partir en la fragata de guerra “Congreso” hacia nuestras playas. Antes fué  necesario llevar ese asunto al parlamento. Aquí se presentó la ocasión inesperada para que el nombre de Artigas llenara los ámbitos de aquel congreso durante cinco sesiones consecutivas. 

Al ser puesto sobre el tapete el citado asunto, Mr. Clay, a quien ya conocemos como rival de Mr. Adams, protestó enérgicamente por el no reconocimiento inmediato de la independencia de las Provincias Unidas, aduciendo que reunían las condiciones necesarias para formar un pueblo soberano. Norte América, no debe esperar a que los reyes le den el ejemplo de reconocimiento a la única república que existe en el mundo después de la nuestra. Aquí se levanta la voz de Adams, Smith, Forsth y otros, rebatiendo que los hombres en cuyas manos estaba la dirección del movimiento político del Sur, no eran de ideas republicanas, estaban en connivencia con las cortes europeas, especialmente con la portuguesa, la cual ya había iniciado su conquista en los antiguos dominios españoles. Eso y mucho más dijo Adams. 

El nombre de Artigas resonó en aquel congreso como numen forjador de la democracia sudamericana. Era la primera vez que aparecía en la historia, despojado del disfraz calumnioso que le envolvía; Adams lo rubricó noblemente con estas célebres palabras: “El único campeón 
-de la democracia en aquellas regiones es el bravo y caballeresco republicano general Artigas”. 

Así se deslizaron aquellas cinco sesiones, que fueron de amplio reconocimiento a la obra de nuestro procer, ignoradas por él mismo, mientras atravesaba la época más trágica de su vida. 

¡Qué lejos de pensar estaba Artigas, que su nombre tan calumniado en la tierra que defendiera, auroleado por la justicia, llenaba el recinto del parlamento de la nación más libre del mundo! 

Acaso nunca llegó a saberlo. El egoísmo humano dispone de tantos medios eficaces para retener oculto lo bueno que se dice del prójimo, como para propalar lo malo. 

Por aquel congreso pasó, para ser estudiada y discutida en sus puntos fundamentales, toda la historia del Río de la Plata. La figura modesta del paladín republicano del Sur, permaneció de pie, pasando sobre el fuego de la discusión, como Cristo sobre el Tiberiades, sin que las olas que levantaba intentaran enlodar la orla de su túnica. Una nueva consagración alcanzó su nombre cuando Mr. Smith, diputado por Maryland, expuso textualmente: “El Directorio del Río de la Plata, hace la guerra como aliado del rey de Portugal, contra Artigas, que es el jefe de la Banda Oriental y que parece ser en verdad un republicano, un hombre de cerebro fuerte y de inteligencia vigorosa, valiente, activo, abnegado por su país, y poseedor de la plena confianza del pueblo del cual es jefe”. 

La controversia crecía en proporciones y los argumentos se multiplicaban: ninguno de los contendientes puso en tela de juicio el honrado patriotismo del jefe de los orientales. Allí nadie lo presentó como facineroso y ladrón. A las puertas de aquel libérrimo congreso, que encontró cerradas, se detuvo la calumnia, que no considerándose vencida, siguió aullando por todos los ámbitos de la América del Sur. 

El formidable argumento de Adams, que no podía reconocerse la independencia de las Provincias Unidas mientras la patria de Artigas estuviera sometida al monarca portugués, y él y su pueblo se desangraran luchando por su libertad, no pudo ser rebatido. Al ser llevado a votación, una mayoría aplastante apoyó a M. Adams en su victoria. Ciento cincuenta congresales lo aplaudieron, mientras que sólo cuarenta y cinco acompañaron a Mr. Clay. 

En resumen, el triunfo de Adams, que era el triunfo moral de Artigas en la historia del Río de la Plata, había sido completo. El envío de la comisión, que motivó aquella célebre controversia, fué resuelto favorablemente. 
La fragata llegó a Buenos Aires en 1818, durante lo más recio de Ja lucha de Artigas contrá el portugués y Pueyrreaón, quienes querían deshacerse de él a cualquier precio, aun contra la voluntad del pueblo argentino que miraba con dolor el sacrificio del hermano oriental. 

Imposible ocultar esta magna figura en el escenario de las luchas rioplatenses a los comisionados de Monroe, que quieren ver por sus propios ojos cómo se desarrollan los sucesos, sin conformarse con lo que les dicen. Han de informar separadamente cada uno, según sus propias impresiones. 

A fin de facilitarles la tarea y de que no hubiese discrepancias de opiniones, pensó Pueyrredón regalarles un resumen escrito que condensara en todas sus fases esa figura tan discutida, para que los tres comisionados estudiaran en él al diabólico personaje, sin necesidad de molestarse en investigaciones oficiosas. Fué encargado de este trabajo, que lo ha hecho tristemente célebre, Pedro Feliciano Cavia, que ya conocemos como secretario de Sarratea, en el Ayuí, y expulsados juntos del segundo sitio de Montevideo. Ahora le llegaba el momento de poner a prueba sus dotes de calumniador. ¡Y a fe que las demostró! Este fué el origen del panfleto de Pedro F. Cavia, que a la sazón ocupaba el puesto de oficial mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores. No hay duda que estaba bien interiorizado del asunto; expuso solamente todo aquello que de más terrorífico e inhumano pudo urdir. El libelo, no tuvo el éxito esperado en el espíritu de los comisionados estadounidenses; no hay duda que llenó su misión en otras personas menos enteradas de los asuntos políticos de la historia del Río de la Plata, en viajeros que la bebieron en esa emponzoñada fuente. 

Los agentes de Monroe no se conformaron con lo que le decían los informadores oficiales, ni el libelo citado, la prensa que escribía para ellos, ni los documentos que se les ofrecían. Ellos escucharon la voz de los pueblos, dieron crédito a todas aquellas personas que creyeron dignas de merecerlo. Ninguno de los tres pudo ver a Artigas, ni escuchar sus razones, ni oir su voz; pero lo presintieron. Vieron en él y en su pueblo a la única nebulosa capaz de concretar en el Sur el ideario realizado por sus hermanos del Norte. 

Oigamos lo que al respecto dijo cada uno de ellos, a pesar de no tener informadores artiguistas: Rodney, después de resumir la historia platense, de transmitir lo que ha visto y oído, y hasta de enviar documentos que le han dado con ese fin, termina su informe con este sintético juicio sobre Artigas: “Es justo agregar, sin embargo, que el general Artigas es considerado por personas dignas de crédito, como un amigo firme de la independencia del país. Difícilmente podría esperarse de mí una opinión decisiva sobre esta delicada cuestión sobre el estado de todo el territorio. No he tenido la satisfacción de celebrar un interview formal con el general Artigas, que es incuestionablemente un hombre de excepcionales y singulares talentos. Pero si tuviera que arrojar una conjetura, creo que no sería difícil que en ésta, como en la mayor parte de las disputas domésticas, haya falta de ambas partes. Es de lamentar que estén en abierta hostilidad”. 

Este Rodney entrevio a Artigas, como se distinguen los perfiles de una montaña a través de la niebla. Lo vió grande, no definido; le ocultaron la magnitud de su obra, como le ocultaron la de sus enemigos, parte de la cual ha venido a conocerse cuarenta o cincuenta años después. 

Sin embargo, vió más de lo que los enemigos del héroe hubieran deseado. Vió, a pesar de no haberlo visto, que el general Artigas era un hombre de excepcionales talentos, y vió también que era amigo firme de la independencia del país. 

Graham, el otro comisionado, tampoco pudo ver a Artigas, tuvo las mismas fuentes oficiales de informaciones que sus compañeros. Pero a pesar de todo recoge impresiones personales sobre Artigas, que le parecen muy justas y razonables, y las comunica a su gobierno sintetizadas en esta forma: “El general Artigas y sus partidarios sostienen que la intención del gobierno de Buenos Aires es dominarlos y obligarlos a someterse a un estado de cosas que les arrebate los privilegios del “self-government” que se consideran con derecho a reclamar. 

“Dicen ellos que están deseosos de unirse a los pueblos de la margen occidental del río; pero no en forma de quedar sujetos a la tiranía de Buenos Aires. 

“Esta guerra ha tenido por origen una combinación de causas, en la que quizá ambas partes tienen algo de que quejarse, y algo de que arrepentirse ellas mismas. El mutuo interés requeriría la unión, agrega, pero mucha moderación y discreción son necesarias para conseguirlas, mucho más de lo que en estos momentos puede esperarse de los ánimos irritados de algunos de los personajes principales de ambos lados”. 

Hasta aquí la palabra de Graham, que sabe escuchar la voz de los orientales cargada de protesta ante la injusta sumisión a que anhela someterlos al centralismo porteño. También ha visto que los orientales ansian unirse al pueblo argentino, que comparte con ellos sus aspiraciones de justicia. 

El más explícito de los tres comisionados es Teodorico Bland, que traza en claros rasgos todo el cuadro que sus ojos vieron: la ambición de predominio de Buenos Aires, la opinión pública dividida en republicana y monarquista, en federalista y unitaria, la mordaza impuesta a la prensa, etc., para finalizar con este juicio: “Artigas puso a prueba los planes del gobierno de Buenos Aires exigiendo que la Banda Oriental fuese considerada como un estado.. . Fué considerado esto como lo más irracional, criminal y declarada rebelión contra el gobierno único, legítimo, de las Provincias Unidas, que según su doctrina alcanzaba a todo el virreinato, dentro del cual la ciudad de Buenos Aires había sido, y debía ser siempre, la capital de la cual emanase toda autoridad... Artigas denunció y combatió esto como manifestación de un espíritu de injusta arbitrariedad, al cual no debía ni podía someterse.. . “Artigas, arrastrado primero en una dirección después en otra; atacado por los portugueses y por Buenos Aires, y en guardia siempre ante un ataque de España, mantiene toda la población sometida al imperio de su voluntad...” 

“Podría decirse que Artigas y sus gauchos defienden generosamente sus hogares, sus derechos y su patria, y que el Rey de Portugal tiene el propósito de agrandar su dominios con la anexión de una parte de la provincia al Brasil.. .” 

Después de haber escuchado las opiniones serenas de estos hombres ajenos a las pasiones dominantes, que han visto entre las sombras del ambiente, la figura del procer republicano, no nos sorprenderá que cuando dos años más tarde se desplome, sea el hermano del Norte, el único capaz de comprender la trágica grandeza de su caída. A través de mares y océanos, selvas y ríos, ha de llegar una atenta nota, en la que “a nombre de su gobierno le ofrece generosamente al General Artigas los medios de seguridad para trasladarse a los E.E. U.U. donde sería bien recibido, se le asignaría el sueldo de su clase para vivir tranquilamente, con comodidad y con las consideraciones debidas a su rango...” El gobierno de Washington, agrega la nota, tendrá mucha satisfacción en recibir a huésped tan honorable en la Unión Americana”. 

¡Qué intima sensación de gratitud inunda el alma al escuchar estas palabras, rayo de luz en el vendaval! 

Noble actitud de un pueblo, que ennoblece a la humanidad. Porque rara vez el poderoso, cuando nada debe ni espera del vencido, le tiende su mano amiga en tan fraterno ademán. 

Por eso nos sentimos impulsados a exclamar: ¡Gracias, hermanos del Norte! ¡Gracias por vuestro generoso recuerdo y reconfortantes palabras, únicas que llegaron, como bálsamo reparador, hasta el corazón del vencido! 

Tan noble rasgo no ha de ser olvidado por los hijos de la patria que proclamara a Artigas, padre espiritual de la misma. En los pueblos, como en las familias, se transmiten a las generaciones los recuerdos y la veneración para quienes tuvieron gestos tales, con nuestros antepasados. 

Casi todos los historiadores, al llegar a este punto decisivo de la vida de Artigas, se asombran ante la inesperada resolución de negarse a aceptar un asilo tan espontáneamente ofrecido, en el único país donde han comprendido su misión y valorado su sacrificio. “¡Alma fuerte y extravagante”, exclama Zorrilla de San Martín, al sumergirse en su espíritu; del que dice “tiene el silencio de los lagos de las montañas, inmóviles y profundísimos en sus nieblas...” “No en vano los comentarios son aquí contradictorios”, agrega. Nadie se explica el porqué de esa negativa. 

Lamy Dupuy, Leandro Ipuche y otros historiadores modernos, afirman que Artigas entró al Paraguay, no a solicitar un asilo sino a concertar una alianza, que Francia lo tomó prisionero encerrándolo en un convento. 

Si Francia, dudando de Artigas, lo hubiera hecho su prisionero, jamás lo habría tratado como huésped colmándolo de obsequios. Porque es necesario conocer la psicología del dictador y su proceder hacia aquellas personas que no le inspiraban confianza, para convencernos de que Artigas debió merecer la suya, cuando así lo trató, a pesar de la severísima vigilancia que desarrolló a su alrededor durante su destierro. Nos parece inverosímil que Artigas hubiese pensado en esta supuesta alianza, en momentos de derrota e incertidumbre, cuando no la había conseguido en los tiempos de su protectorado, no obstante las reiteradas veces que, como medio defensivo contra los enemigos comunes, lo propuso al dictador. 

Nosotros, pretendiendo desentrañar el misterio de su negativa al ofrecimiento del gobierno norteamericano, prefiriendo solicitarlo al doctor Francia, con quien nunca se han comprendido ni se comprenderán, nos hemos sumergido en el problema y sin pretensiones decisivas, emitiremos nuestro juicio. 

Hemos estudiado el momento histórico y el lugar geográfico en que se hallaba Artigas en aquel momento en que, vencido, lo consideramos con derecho a disponer de su destino. 

Si en este dificil trance se hallara hoy un militar de nuestros días, fácil le seria dominar el espacio como las aves, desplegar sus alas donde encontrara propicio el clima y generoso el suelo. 

Pero transportémonos al momento en que Artigas habia llegado perseguido por Ramírez, hasta Misiones, provincia mediterránea, en cuyas azarosas jornadas había recibido la citada nota. Recordemos que su perseguidor era dueño de todos los territorios que habían quedado a espaldas del héroe vencido, es decir: Entre Ríos, Corrientes y Misiones, con los cuales había proclamado la república de Entre Ríos, designando la ciudad de Corrientes por capital. También dominaba los ríos, desde que se había apoderado de la flotilla artiguista comandada por el afamado Pedro Campbell, aquel soldado inglés de Beresford que quiso unir sus esfuerzos a los de estos hombres que tan denodadamente se batían por su libertad. 
Los territorios situados al oriente del Paraná y Uruguay estaban en posesión de los portugueses, sus enemigos, lo mismo que Montevideo resguardada por su poderosa escuadra. En Buenos Aires gobernaba Sarratea, cuyas relaciones con Artigas, ya conocemos. ¿Por dónde, pues, podía salir de aquel anillo de hierro, si se hubiera resuelto aceptar el generoso ofrecimiento del gobierno de Washington? 

La situación de Artigas, encerrado en un bolsón, en el centro de América, era singularmente difícil. Ya había estado a punto de caer en manos de Ramírez, en el encuentro sobre el río Mocoretá, donde “le puse en tales aprietos, dice en su parte oficial, que dejó ensillado su caballo y se escapó en ancas del que montaba su hijo 
Manuel”. 

Por eso, conocedor del terreno y de los peligros que lo rodeaban, Artigas comprendió que le sería imposible aceptar aquel fraternal llamado, que el único camino a seguir era saltar las barrancas del Paraná y entrar en la tierra donde dominaba la férrea mano de Gaspar de Rodríguez Francia. Esa única puerta también estaba cerrada. Era necesario llamar y esperar que, después de largas investigaciones, el dictador resolviera si permitía correr o no sus pesados cerrojos. El héroe se inclinó, y llamó a la hermética puerta. 

¡Paradojas del destino que salpican la vida de nuestro procer! ¡El apóstol de la libertad pidiendo asilo a la sombra de la tiranía! 

Allá irá, a compartir la suerte de ese pueblo oprimido. Su inmenso desengaño de los hombres necesitaba, para dormirse, el silencio de las selvas, entre las fieras salvajes! 

Ha terminado su vida pública, él mismo se decretó su muerte civil, sin detenerse a pensar en la suerte que le estará reservada, dado que para morir son iguales todos los lugares de la tierra! 

El 20 de agosto ya el héroe ha tomado una resolución definitiva. En esta fecha escribe a Francia manifestándole su decisión de abandonar la lucha, “desengañado de las defecciones, traiciones e ingratitudes de que había sido objeto y víctima”. En consecuencia solicita un asilo de la “generosidad del Dictador”; agregando que si no se lo otorgaba se iría a vivir en los montes”. 

No fué necesario. La respuesta de Francia no se hizo esperar mucho tiempo; y como él mismo lo dice, envió a un oficial con 20 húsares en su busca. A ellos entregó el héroe su espada cargada de gloria. Así terminó su misión épica, austeramente como él la realizó. Pero su ejemplo arrojado en semillas fecundas, quedaba gestándose en surcos generosos. 

Las riberas del Paraná, insensibles como el Tiempo, acogieron su vida de proscripto. Nada ni nadie lo arrancará de allí. Fué inflexible consigo mismo, sin debilidades ni sentimentalismos, en la hora de la inmolación como lo había sido cuando se impuso cumplir la alta misión con que lo invistió el destino. La barquilla de Caronte lo conduciría al otro lado del Paraná, donde reinaba el misterio de las sombras. 

Ruidos de cadenas, dolor de prisiones, aves de un pueblo oprimido, retumban en el silencio ... 

Ese es el nuevo escenario en que va a posar su planta el hombre que todo lo sacrificó por la libertad de los pueblos. Ante la puerta aún cerrada, el Protector de los Pueblos cambió su ropaje de soldado por el tosco sayal laico; las sandalias con que cumpliría su misión de Padre de los Pobres. 

 

FUENTE: "Artigas : Defensor de la democracia Americana", FEBRERO DE 1944,ELISA MENENDEZ


martes, 30 de diciembre de 2025

El gran traicionado.


 UN TEXTO DE CARLOS QUIJANO: El gran traicionado


Hace poco más de diez años, Pivel Devoto mostró, desde las páginas de MARCHA, en una dilatada y documentada serie de notas, como, a través del tiempo, había solucionado el juicio sobre la personalidad y la acción de Artigas. "De la leyenda negra al culto artiguista" se titulaban esas notas, que por desgracia detuvieron sus comentarios en 1880.


"Vencedor en el terreno ideológico -escribía Pivel- Artigas vio eclipsar su hegemonía política ante el reclamo de sus tenientes que con las provincias que acaudillaban, se creyeron en un grado de madurez reñida con el protectorado, al tiempo que los últimos hechos de armas en la resistencia contra la invasión portuguesa, señalaban el ocaso del poderío militar del jefe de los orientales".


"Desde ese momento, todos aquellos motivos de pasión personal y colectiva que la lucha había engendrado, servirían para nutrir los juicios de la 'leyenda negra artiguista'. La clase culta del Río de la Plata, que salvo excepciones, entró a la revolución de 1810, sin sospechar las alteraciones del orden social que ella traería, así como los otrora ricos hacendados de la campaña oriental que auspiciaron la gran protesta rural de 1811,a la que Artigas dio un contenido ideológico contrario a sus intereses, no perdonarían por largo tiempo al 'caudillo tumultuario' que al declarar a estos pueblos 'en el goce de sus derechos primitivos', los iniciara en la verdadera revolución, cuyas incontables manifestaciones anárquicas fueron desde entonces señaladas como sello característico de lo que se dio en llamar 'los tiempos de Artigas'.


Es hora de preguntarse si ese culto a que refiere con toda propiedad Pivel, no es un culto, de latría, si no lo es también, en muchos aspectos, externo, si, por último no es superfluo, en cuanto "se da por medio de cosas vanas e inútiles o dirigiéndolo a otros fines" que los verdaderos y auténticos.


La leyenda negra puede haber adquirido nuevas formas la que fue ponzoñosa calumnia puede haberse convertido en reverente homenaje, pero una y otro responden al mismo propósito: ocultarnos a Artigas, despojarnos de él, disimularnos su significación, ofrecernos una imagen desfigurada del héroe. La diatriba y la hagiografía conducirían a lo mismo, Y lo que no pudo aquélla, lo lograría ésta. Así nos parece. Traicionado en vida, Artigas sigue traicionado en la muerte. ¡Y qué traición!


Bien pocos, -si los hubo-, tuvieron en la patria, vieja, cabal medida de lo que Artigas fue y representó. La traición y la defección fueron la infatigable compañía de éste. Sombra y eco de su soledad. No pensamos al decirlo en la traición de las oligarquías porteñas, la de los Pueyrredón y los Tagle; no pensamos tampoco en las astucias alevosas de los caudillos del Protectorado ni en las de la diplomacia lusitana, sutil y corruptora. Pensamos en las que conoció y sufrió en su propia tierra que revistieron las más diversas formas. Uno de los episodios menos explorados de nuestra historia es el de la invasión portuguesa y aún menos explorado todavía -hechas las debidas excepciones, Pivel en primer término- son los años de la Cisplatina que, en realidad, se extienden desde la ocupación de Montevideo, el 17 hasta el 25.


¿Por qué ese vacío en nuestra historia? La Cisplatina, sin embargo, es un fruto y al tiempo una semilla. Anuda el paso de los hechos. Muestra la continuidad de una lucha que llega a nuestros días y ha de prolongarse en los futuros. La Cisplatina es el reclamo, primero y la gozosa aceptación después, de la invasión extranjera. Las fuerzas del "orden" estaban cansadas de la anarquía y los "anarquistas". De la tumultuaria irrupción de las masas. El héroe convocaba al sacrificio; el extranjero, ofrecía la sopa en el collar. Entre la libertad -aventura y riesgo- y la seguridad -sumisión y prebendas- la opción dc las llamadas clases dirigentes de entonces, fue la que debía ser.


¿Por que, -volvemos a preguntar-, la Cisplatina ha tenido tan pocos comentarios y comentaristas?


Admitamos que sea por pudor. Al respecto se nos permitirá intercalar el relato de un pequeño hecho. En 1852, apareció en Londres la segunda edición ampliada de un libro de Sir Woodbine Parish -Buenos Aires and the provinces of the Rio de la Plata- Woodbine Parish había sido cónsul general de Inglaterra en Buenos Aires desde 1824 hasta 1832 y su obra rebosa de datos de gran interés. Poco después de publicado el libro, lo tradujo al español, en Buenos Aires, Justo Macao, al mismo tiempo que muchos años más tarde habría de participar con fervor en la reivindicación de Artigas. El libro de Parish contenía muchos documentos hasta entonces desconocidos. Macao suprimió algunos, y para explicar la supresión dijo: "En el original inglés hay un documento firmado por el general Belgrano y el doctor Rivadavia, datado en Londres el 16 de mayo de 1815 y que precede a los anteriores por su fecha; pero su contenido es de tal carácter que me he permitido omitirlo en este apéndice. Esta omisión despoja a esta traducción española de un valioso agregado; pero en cambio ella será bien acogida por los corazones generosos que preferirán la privación de una estéril curiosidad al oprobio que pueda recaer sobre nombres y reputaciones que como el del primero son el más glorioso timbre de la hidalguía argentina"


Más de treinta años después, en 1885, al publicar su "Artigas", Macao volvió sobre el tema:


"En la obra en inglés de Sir Woodbine Parish 'Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata' que tradujimos y anotamos extensamente hace treinta y un años, de que hablábamos antes, se contenían en el apéndice algunos de los documentos que evidenciaban esas vergonzosas defecciones. Entre ellas se incluía la reverente petición y súplica dirigida a Carlos IV por Belgrano y Rivadavia y otros documentos relativos a negociaciones análogas. Por lay un sentimiento de dignidad y aun de candor juvenil, como argentinos y aún como una amarga decepción a que no queríamos resignarnos, ni en la que podíamos creer, esperando a mejores pruebas, nos decidimos a suprimir algunos de esos documentos, de cuya irrecusable autenticidad muy pronto despues nos cercioramos y ratificamos".


Ahora bien, en 1958 se reimprimió en Buenos Aires -colección El Pasado Argentino, Hachette- el libro de Woodbine Parish, en la traducción de Macao y con un prólogo de José Luis Busaníche. El documento a que refiere Macao continúa suprimido y a él no hace la menor mención el prologuista Busaniche. Más aún al pie de la página 564, aparece otra vez la nota explicativa de Macao. Un largo siglo ha pasado y no se quiere develar el misterio. Agregamos, aunque ya el detalle es nimio, que por azar poseemos la edición original de Woodbine Parish, fechada en 1852, y que el documento de la referencia, va de las páginas 386 a 392, a pesar de que la versión que de 61 se da es un resumen, según el propio Parish lo declara.


Admitamos, como antes decíamos, que las mutilaciones y vacíos de nuestra historia se hayan producido, como en el caso de Macao, por pudor. Puede que en otros casos las razones hayan sido distintas; pero no interesa ahora discutirlo ni tampoco averiguarlo. La historia sincera, como la quería Seignobos no puede incurrir en semejantes omisiones. Y escribir la historia con sinceridad, nos hará bien a todos. No hay otra manera de conocer, por nuestro pasado, nuestro destino. Y entonces las falsas glorias caerán y las auténticas resplandecerán mejor.


Desde que la invasión se inicia, la traición hasta entonces soterrada, aparece. Los años que van del 16 al 20, -hasta que Artigas se encierra en el Paraguay- son años de lucha sin pausa y de cruentas y repetidas derrotas y también de flaquezas, defecciones y renuencias.


El "frente interno" como hoy le llaman, sobre todo Montevideo, no marcha a compás con la desesperada y audaz resistencia de las tropas, sin armas ni cuadros, de Artigas. Mientras esos soldados instintivos se hacen matar, el procerato ciudadano conspira, intriga, suplica y acoge complaciente las proposiciones de la oligarquía porteña y de la Corte Imperial. Cualquier amo antes que los "anarquistas" de Artigas.


Buenos Aires está dispuesto a entregar la provincia. El procerato montevideano a vender su alma, para salvar bienes y tranquilidad, al diablo. Pero no es sólo en la ciudad donde la conspiración se incuba. También los jefes militares participan en ella. Portugal, que ha esperado su hora, recoge, entre. bendiciones, los frutos de esta doble y además estúpida traición.


Y son muchos los grandes hombres de nuestra historia, esos que hoy llenan el nomenclator de la ciudad, los que aparecen confundidos entre las sombras de la gran conjura.


En 1816, ya con la invasión en marcha, se produce la asonada del 3 de septiembre y el arresto de don Miguel Barreiro. Al frente de ella están, entre otros, Juan Ma. Pérez y Lucas Obes.


Pocos meses después, Juan J. Durán y Juan Francisco Giró delegados del Cabildo de Montevideo, ofrecen en bandeja la provincia oriental al gobierno de Pueyrredón, más que cómplice, fautor de la invasión. De ese Cabildo forman parte Juan de Medina, Felipe García, Agustín Estrada, Joaquín Suárez, que luego rescatará con dignidad este error o falta, Santiago Sierra, Lorenzo J. Pérez, Jerónimo Bianqui. Artigas rechaza la entrega y contesta a los diputados Durán y Giró, desde el Campo Volante de Santa Ana, el 26 de diciembre de 1816: "Por precisos que fuesen los momentos del conflicto, por plenos que hayan sido los poderes que V. S. revestía en su diputación, nunca debieron creerse bastantes a sellar los intereses de tantos pueblos sin su expreso consentimiento.


Yo mismo no bastaría á realizarlos sin este requisito, ¿y V. S. Con mano serena ha firmado el acta publicada por ese gobierno en 8 del presente? Es preciso ó suponer a V. S. extranjero en la historia de nuestros sucesos, o creerlo menos interesado en conservar lo sagrado de nuestros derechos, para suscribirse á unos pactos, que envilecen el mérito de nuestra justicia, y cubren de ignominia la sangre de sus defensores".


"El jefe de los orientales ha manifestado en todos tiempos que ama demasiado su patria, para sacrificar este rico patrimonio de los orientales al bajo precio de la necesidad. Por fortuna la presente no es tan extrema que pueda ligarnos a un tal compromiso. Tenga V. S. la bondad de repetirlo en mi nombre á ese gobierno y asegurarle mi poca satisfacción en la, liberalidad de sus ideas, con la mezquindad de sus sentimientos."


"En consecuencia V. S. ha cesado de su comisión, y si le place puede retirarse a Montevideo, allí podrán efectuarse las justificaciones competentes, y ojalá que los resultados de su comisión condigan á los de su conocida honradez."


En mayo del 17, los jefes y oficiales de las fuerzas sitiadoras de Montevideo, se pronuncian contra Rivera y exigen que el mando sea conferido a Thomas García de Zúñiga.


Algo más tarde Bauzá; entre cuyos oficiales se cuenta Oribe, abandona el sitio y se va con armas y bagajes, previo acuerdo con Lecor, a Buenos Aires.


Después de la derrota de Tacuarembó, cuando Artigas marcha a las provincias argentinas que aún le son fieles, en busca de refuerzos, Rivera desacata las órdenes de su jefe y licencia sus tropas, deserta y se rinde a los portugueses. El propio Eduardo Acevedo, acota al comentar la lucha con Ramírez: "Fue vencido pues Artigas, gracias a la escuadra, a las armas y a los soldados que el gobierno de Buenos Aires había puesto a la disposición de Ramírez en virtud de los convenios secretos del Pilar. Y fue vencido también, porque las divisiones orientales que habían escapado del desastre de Tacuarembó, en vez de cruzar el Uruguay, desacataron sus órdenes para entrar en transacciones con Lecor. Si esas fuerzas lo hubieran acompañado a Corrientes, es probable que la suerte de las armas le hubiese sido favorable y entonces las Provincias Unidas habrían decretado la guerra al Brasil, como complemento obligado del derrumbe de las autoridades que habían pactado la conquista de la Banda Oriental. De aquí seguramente la amarga reconvención que el coronel Cáceres pone en boca de Artigas. "que Rivera tenía la culpa del triunfo de los portugueses".


Mientras los soldados de Artigas mueren en los combates que se inician en Santa Ana y se cierran en Tacuarembó; mientras los jefes planean pronunciamientos o desertan, el Cabildo de Montevideo, eximio representante de la contrarrevolución y -¿por qué no?- de la antipatria, se avillana en zalemas y genuflexiones ante el invasor. Lo recibe bajo palio y aprovecha la protección de las armas portuguesas para denostar a Artigas. El 23 de enero de 1817, seis días después de la entrada de Lecor, el Cabildo declara por boca de su síndico, que "debe tener en vista el comprometimiento general de este vecindario con las tropas de Artigas, con Buenos Aires y principalmente con los españoles; y que S. E. debe entrever que en manos de cualquiera de éstos que el pueblo desgraciadamente cayera, sería una víctima infeliz de la venganza y llegarían al colmo de sus desdichas. Que a él le parecía que al Cabildo representante de los pueblos, tocaba agitar su engrandecimiento y que no había otro medio que el que pasaba a proponer, cual es (previa la debida licencia del señor Capitán de la Provincia) hacer una diputación a su Majestad Fidelísima el Rey nuestro señor, impetrándole su protección y suplicándole que tuviera la dignación de incorporar este territorio a los dominios de su corona". Firman el acta los cabildantes, Juan de Medina, Felipe García, Agustín Estrada, Lorenzo J. Pérez, Gerónimo Pie Bianqui y el secretario Francisco Solano Antuña.


A poco, el Cabildo designa a Larrañaga y a Bianqui diputados ante el rey don Juan VI, para reclamar y concertar la incorporación. "Solicitarán -dicen las instrucciones- con el mayor empeño que S. M. se digne incorporar a sus dominios del Brasil este territorio de la Banda Oriental del Río de la Plata". Estas instrucciones, además de los anteriores cabildantes, las firman el alcalde de ler. voto don Juan José Durán y el Defensor de Menores don Juan Fco. Giró, los mismos personajes que un año antes hablan ido a entregarle la provincia a Pueyrredón.

La traición iba a consumarse. En tanto Artigas se hunde para siempre en el Paraguay, Canelones, Maldonado y San José. también se declaran incorporados a la corona de Portugal y en 1821 se reune el Congreso Cisplatino. Forman parte de é1 los cabildantes de antes, los desertores de antes y el 18 de julio de 1821, reténgase la fecha, después de sesudos discursos de Bianqui, Llambí y Larrañaga, se vota por aclamación la incorporación a Portugal. "De este modo, acertó a decir, Bianqui, se libra a la Provincia de la más funesta de todas las esclavitudes que es la de la anarquía. Viviremos en orden bajo un poder respetable; seguirá nuestro comercio sostenido pór los progresos dé la pastura; los hacendados recogerán el fruto de los trabajos emprendidos en sus haciendas, para repararse de los pasados quebrantos y los hombres díscolos que se preparan a utilizar, el desorden y satisfacer sus resentimientos en la sangre de sus compatriotas se aplicarán al trabajo o tendrán que sufrir el rigor de las leyes; y en cualquier caso que prepare el tiempo, o el torrente irresistible de los sucesos, se hallará la provincia rica, despoblada y en estado de sostener el orden que es la base de la felicidad pública. De hecho nuestro país está en poder de las tropas portuguesas".


Deben repetirse los nombres de los que vetaron esa incorporación tanto más cuanto que un sospechoso y en el caso también piadoso, olvide, ha disimulado o disminuido la tremenda culpa.


Son éstos: Juan José Durán, Damaso A. Larrañaga, Thomas García de Zúñiga, Fructuoso Rivera, Loreto de Gomensoro, José Vicente Gallegos, Manuel Lago, Luis Pérez, Mateo Visillac, José de Alagón, Gerónimo Pío Bianqui, Romualdo Ximeno, Alejandro Chucarro, Manuel Antonio Sylba, Salvador García, Francisco Llambí.


Así cerró el drama. El drama de un hombre solo y de su auténtico e inmaduro pueblo, que va de pelea en pelea, mientras la intriga de los de afuera, unida a la fuerza, y la traición y la flaqueza de los de adentro lo empujan a la muerte.


Treinta años más había de vivir Artigas, en su largo viaje, sin quejas, al fondo de la noche. Treinta años de una grandeza impar. La calumnia no respetó su callada y, sin duda, angustiosa soledad.


Después vino tardíamente la hora de la reparación y en ella todas las voces confluyeron para ofrecernos la imagen depurada e ideal de un jefe, sin sangre, sin huesos y sin barro, de un tutelar patriarca colocado más allá del bien y del mal, del error y de la injusticia. Depurada imagen, vacía de vida. Depurada imagen que pertenece a la hagiografía.


Y bien, hay que rescatar hoy y siempre al auténtico Artigas, de la doble conspiración que es una sola: la de la calumnia y la del incienso. En lo más hondo de la tierra las dos corrientes que chocaron en un terrible remolino durante los años de la patria vieja, continúan su curso. El personaje tiene un inaudito valor humano pero además es la encarnación de la esperanza y el destino nacionales. Fue el suyo el drama de la soledad, que soportó, como héroe alguno fue capaz de soportar. Maestro así de vida, porque todas nuestras desazones e infortunios son ridículos y mezquinos frente a cuanto él, en obstinado silencio, padeció.


Encarnó la orientalidad. Mientras aliente un oriental, Artigas vivirá. Pero fue también y sobre todo, el heraldo y profeta de la revolución nacional, esa que aún espera el llamado de los tiempos para realizarse. Por serlo, los hombres de "orden", lo acosaron, lo traicionaron, lo calumniaron. Antes que los "anarquistas" de Artigas, la intervención extranjera. Antes que la revolución de esos "anarquistas" se propagara, la entrega al enemigo secular, preparada "inteligentemente", con gran abundancia de palabras, por los doctores de chistera y levita, genuflexos y cobardes, pedantes y miopes.


Ahora como ayer, ha de volverse hacia el Artigas auténtico -sangre, nervios, huesos, barro- para reiniciar la marcha y lanzarse al combate, contra los herederos del alma de aquellos que consumaron la gran traición, esa gran traición todavía victoriosa, que recurre a los mismos métodos, las mismas prácticas, los mismos argumentos y los mismos apoyos -cambian sólo las denominaciones- para derrotar otra vez al artiguismo.


Carlos Quijano. MARCHA, 19 de mayo de 1961.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Carta de José Artigas, 27 de Diciembre de 1820

 


 

Don Josè Artigas llega con 56 años a la madre capital de ciudades. Se presentan muchas interrogantes referidas sobre las tres décadas de presencia del protector de los pueblos libres en Paraguay. Las fuentes son escasas y los y las historiadores no tienen otra opción que especular en torno a las mismas, a veces forzando pecar en conclusiones.
¿Cuáles son las certezas nos quedan entonces?
Momentos antes de partir a la villa San Isidro Labrador de Curuguaty en donde permanecería unos 25 años Don José se pronuncia ante el supremo Dr. Gaspar Rodriguez de Francia a través de una carta firmada por él desde el el Convento Grande de San José del Paraguay de la Real y Militar Orden de Nuestra Señora de la Merced, popularmente conocido como Convento de la Merced o Mercedes.
Bitácora:
-25 de diciembre de 1820, “Lista de ùtiles y enseres proveídos al General Artigas por el Dr. Francia”

“Habiéndose dispuesto que Dn. José Artigas pase a morar en la Villa de San Isidro: el Tesorero de Guerra le proveerá competentemente de los efectos que puedan ser útiles para su decente vestuario y ropa interior, presentando la nota de ellos con agregación de los que a su llegada se le suministraron para el mismo fin, unos y otros con expresión del costo que haya tenido su compra. “El Dictador Francia”,
“Relación del valor de los efectos que por Suprema orden del veinte y cinco de Diciembre de mil ochocientos veinte, que va inserta se ha comprado para vestuario y ropa interior de Don José Artigas, hallándose próximo a morar en la Villa de San Isidro; y de los que a su llegada a esta Capital se le suministraron para el mismo fin por Suprema orden verbal desde el diez y seis de Septiembre de dicho año; y son: (La lista es extensa, compartimos el resumén;
Sumadas ambas partidas dan la cantidad de cuatro cientos cincuenta y ocho pesos siete y un octavo reales fuertes.
ASUNCION ENERO 1* de 1821.
Firma la lista BERNARDINO VILLAMAYOR, (Secretario de la República del Paraguay)


Artigas agradeció estas demostraciones en una expresiva nota que dirigió a Francia, con fecha 27 de diciembre, antes de partir para Curuguaty, uno de cuyos párrafos dice asi: ... “En virtud, y como conozco ya debidamente que la generosidad suprema de V. S. se había empeñado en multiplicar los obsequios a mi persona, y favorecer a un individuo desnudo de todo mérito para con V. S. no queda por cierto un lugar a mi disimulo para omitir una demostración como la presente, que refiera a V. E. mis finos agradecimientos y avive el ansia de mis deseos con que cada momento anhelo conocer y tratar aquel bienhechor...”
Estas palabras plenas de sinceridad no tuvieron respuesta.

La vida del héroe, paladín de la libertad, encerrado en la celda de un convento, se deslizaba en una monotonía aterradora que no pasó inadvertida al prior, bajo^ cuya custodia se encontraba. En una de sus diarias visitas,  llevó inteligentemente la conversación sobre este punto y le preguntó si se encontraba bien allí; Artigas le manifestó), someramente, su deseo de vivir en un ambiente más de acuerdo con su vida de soldado.
Al día siguiente, el prior le comunicaba de parte del dictador su resolución de que en breve pasaría a morar en la villa de Curuguaty, pequeña población, situada en medio de un desierto selvático, a ochenta y cinco leguas de Asunción; lugar de destierro y confinamiento para sus presos políticos, que mantenía bajo la vigilancia de una comandancia militar. Francia la describe asi; “Aquí estuvo recluso hasta que hice venir al comandante de San Isidro de Curuguaty, con quien lo hice llevar a vivir en aquella villa, donde se halla con los dos criados o sirvientes que trajo, por ser aquel lugar remoto el de menos comunicación con el resto de la República. Allí le hago dar una asistencia regular, porque él vino destituido de todo auxilio” (Oficio del 12 de mayo, 1821).
Artigas, en su citada nota, “agradece la muy justa determinación de su destino y residencia, que tan gustosamente ha aceptado”; agrega: “El prior superior de este Convento me previno en esta forma hasta otra providencia”.
Esperaban la llegada del comandante de Curuguaty, a que hace referencia, para que lo condujera. Mientras, se efectuaban los preparativos de viaje, por el río hasta villa del Rosario; después se dispuso que lo realizara por tierra. “Lo hice salir de noche, escoltado por algunos húsares, y viajando siempre de noche llegó a su destino”. Ignoramos el día de la partida. Deducimos por las fechas de las notas que fué en los primeros días de enero de 1821. Allá, en la lejana villa, vejetaría veinticinco años de soledad selvática, completada más tarde con el olvido, la miseria, la cárcel, el engrillamiento.(a1)Nota: La carta primera del 27 la encuentran en el Libro de Ana Ribeiro, este fragmento es de quien las dio a conocer por primera vez, la maestra Elisa Menendez.

El día 6 de enero de 1821 era fecha del cumpleaños del Dictador, que llevaba como nombre, precisamente, el de Gaspar. Ese día Artigas al enviar su segunda carta, incurrió en el llamado -lapsus calami- de fecharla en el mes que
acababan de dejar atrás (diciembre), pero en el año que comenzaba (1821), de
tal forma que el encabezamiento reza: "República de la Asunción, Diciembre 6 de 1821, fecha futura en la que estaría partiendo a Curuguaty.
En ella le hablaba nuevamente de su acierto al pedirle protección: "tendré el
lauro de haber sabido elegir por mi seguro asilo la mejor y más buena parte", y reiteraba asimismo su agradecimiento hablando de su "veneración" y su "cariño', términos habituales en el lenguaje político, que por entonces se emparentaba con el amoroso. Aludía a la fecha ("en este día en su celebridad los aplausos") y le manifestaba que "la gratitud de sus habitantes y la mía, reiterará en los tiempos venideros, hasta la posteridad duplicados obsequios, y gloriosas enhorabuenas a la suprema persona de V.E. Confusa, abigarrada, reiterativa y obsecuente en su deseo de agradar es esta segunda carta. Razón por la cual varios historiadores han señalado que algún fraile sumiso al Dictador fue quien la redactó. Aun en ese caso, nada obligaba al Caudillo, o a lo que quedaba de él, a poner al pie de la carta su firma, sobre la que no cabe duda caligráfica alguna.(b2)
-Carta 6 de enero; (2da carta)
Dice la segunda carta:
Excelentísimo señor. No le queda a mi deseo gloria a que anhelar para alcanzar su mayor lustre y honra, que hallar la ocasión de complacer los supremos honores de V.E. cuando encuentra mi veneración el acierto de consagrar un fiel obsequio de una enhorabuena al esclarecido supremo nombre de V.E. cuyo raro mérito forma este día en su celebridad los aplausos, que unidos a los afectos de una Nación ilustre, aclaman su virtud y heroicidad. Esta noble emulación, este empleo feliz del espíritu de los Ciudadanos, que oficiosos al decoro de su defensa de su jefe encarecen con el gusto su felicidad, empeña desde luego mis reconocimientos a tributara V.E. junto con mi enhorabuena las señales más expresivas de mi cariño; no menos que las demostraciones de mis deseos, con que aspiro logre la prosperidad aún mayores triunfos, en conservar la suprema Entereza de V.E. por dilatadas edades, para que se colmen de dicha las justas esperanzas de esta República, con la seguridad de su independencia y libertad amables, y logre poner en la suprema mano y poder de V.E. a salvo su felicidad de la injusta enemiga dominación y servidumbre: Y siendo por este ejemplo en lo sucesivo, como lo es al presente aplaudido de ésta y las demás Naciones, la gratitud de sus habitantes y la mía, reiterará en los tiempos venideros, hasta la posteridad duplicados obsequios, y gloriosas enhorabuenas a la suprema persona de V.E. como otros tantos laureles, que debe ofrecerle, y dedicarle en su desempeño una fidelidad reconocida. Y aunque los deberes de tan justas insinuaciones prometen al deseo en la suprema aceptación de V.E. un buen éxito, con toda mi confianza tan poca digna de igual suerte, teme acaso no ajustarse debidamente a la suprema moderación de V.E. No obstante acogiéndose mi rendimiento a la protección suprema de V.E. siempre lleva asegurado el acierto y felicidad, bajo el supuesto que en cualquiera fortuna tendré el lauro de haber sabido elegir por mi seguro asilo la mejor y más buena parte, tributando este obsequio a la nobleza suprema de la persona y prendas de V.E. cuya vida y aciertos prospere el cielo cuanto desea su más rendido afecto que B.A.V.E.L.M. (Besa a V.E. La Mano). República de la Asunción y Diciembre 6 de 1821- José Artigas.(c3)

Estaba dirigida al "Excelentísimo Señor Dictador Don José Gaspar de Francia, Dictador Supremo de esta República del Paraguay". Aunque sólo hubiera puesto su firma en la redacción de un fraile obsecuente', esta segunda carta hablaba de una certeza (haber conseguido "un seguro asilo") y un sentimiento (estar agradecido por ello) existentes en el Caudillo. Se apegaba a la vida y valoraba conservarla. No se rebelaba buscando la muerte, como tampoco la había buscado frente a Ramírez. Un animal acorralado busca desesperadamente sobrevivir y eso era lo que él había hecho hasta llegar a las puertas del Paraguay. Ahora hacía lo mismo, pero bajo la forma de la mansa aceptación de las órdenes del Dictador. La falta de respuesta a su pedido de verlo, la inminencia de su salida hacia Curuguaty, pautaban su final como "Caudillo', porque ya no representaba fuerza alguna. Agradecer y saludar al Dictador en el día de su cumpleaños era una manera de decir que había aceptado eso.(b2)


Artigas  se retiró por la noche en Asunción de la misma forma que ingreso. Al decir del prior del Monasterio, el dictador mandó a uno de sus ayudantes a llamar al Comandante de Curuguaty, que se presentó a los siete días.
Esa misma noche de su llegada un ayudante del Dictador fue a llamar a Artigas y, cuando éste estuvo en la puerta de calle, aquel le ordenó montara a caballo y lo acompañase al Comandante de Curuguaty que con diez hombres lo aguardaba, Artigas montó a caballo y colocándose a su lado el comandante, le dijo: "marchemos", y continuaron adelante, seguido de los diez hombres. (d4)


No se sabe si sus 2 asistentes lanceros viajaron esa misma noche o tiempo después. El libro de caja de hacienda de enero de 1821 consta de un remito de dinero al comandante de la Vila de 515 pesos para las mesadas de Don José, Se puede encontrar en los archivos del A.N.A, un documento llamado Inventario de los útiles de la comandancia de San Isidro Labrador de Curuguaty al hacerse cargo Juan Manuel Gauto en el año 1836, en dónde se publica el libro de mesadas de varios años.


Como mencionábamos al principio, es sabido que es muy escaza la información sobre Artigas en lapso de los 30 años, si bien en lo que refiere a cartas, como el caso de estas, en dónde utilizando un amanuense solo firmaría, al igual las del comandante Gauto en 1841-42, se encuentran como copias y originales de correspondencias oficial entre Uruguay y Paraguay o informes militares y comunicación con el General , el resto son ajenas a él pero sobre él como la  carta de informe a Rivera sobre la labor de Artigas, o menciones de Rengger y Longchamp,  Robertson, Bonpland, o las visitas que recibiera en Yvyray. Su última carta o palabras entendemos será la de rechazo al puesto de comandante de las milicias Paraguayas por el año de 1845 seguido de su traslado a la capital. Otras noticias también las encontramos en el mismo año de 1821, en los archivos del A.NA, trata de un sumario al Teniente Cura Venancio Toubé sobre excesos practicados por este, en el cual durante el ems de agosto, precisamente días 8 y 9 Artigas estaría celebrando con los vecinos las festividad de la virgen del monte Carmelo, en la página 8 hace mención al general llamándolo de “ El Americano”, no puedo dejar de pensar en el cura Cornelio Contreras que al enterrarlo el 23 de septiembre por la mañana lo llamo de extranjero.(americano o tupamaro en aquellos tiempos se utilizaba despectivamente)

Ningún historiador ha podido afirmar que Artigas haya escrito ni recibido una carta durante los 25 años de su permanencia en el lugar…el correo no existía en el país durante la autocracia de Francia. Es de suponer que cuando volvió a establecerse, en las postrimerías de su vida, la falta de comunicación entre él y los que le fueron queridos, mezclada con el tiempo y la distancia, habían levantado una muralla. (a1)

Con respecto a esto último, con motivos de celebrarse el bicentenario de Artigas en el Paraguay, la Academia Paraguaya de la Historia organizo una conferencia a través de las redes sociales en el mes de septiembre del 2020, en la misma, la presidenta de la academia, la historiadora Mary Monte revela el hallazgo o el conocimiento una serie de cartas, una docena en total escritas entre Gaspar Rodriguez de Francia y  José Artigas las cuales son parte de una comunicación entre ellos acerca del campo etc., entre los años 1823 y 1835 las cuales estarían en parte en el museo Mitre de Buenos Aires, archivo histórico, y las otras en el anuario del Dr. Francia realizado por Alfredo Viola.
Inexplicablemente ciertas, ojalá salgan a la luz pronto.

A1: Elisa Menéndez - Artigas defensor de la democracia
B2: Ana Ribeiro - El caudillo y el dictador
C3: Biblioteca Herib Campos Cervera, Centro Paraguayo Japonés
D4: Héctor Francisco Decoud - El Campamento de Laurelty

Nota: las cartas manuscritas publicadas en este blog como imagenes son de Artigas a manera de ejemplos, en las mismas relata los esfuerzos realizados para liberar a su pueblo del dominio español.