jueves, 14 de mayo de 2026

14-05-1913 Discurso de Juan E. O'Leary ( Yegros-Artigas)

  

Hoy se cumplen 113 años de este discurso del dr. Oleary, -"Sublime".-

Contexto, año de 1913 ....La juventud oriental organizó, hace pocos meses, una peregrinación civica a la Asunción del Paraguay, determinada por dos motivos simpáticos y poderosos: saludar al país hermano en el aniversario de su independencia y cubrir de flores el sitio que fué tumba, en la vida y en la muerte, del ge neral José Artigas.

DIA 14 - 9 a. m. Recepción en la Universidad.. Harán uso de la palabra los -- - doctores Manuel Domínguez, Ignacio A. Pane y el señor Juan E. O'Leary.

Cerró el acto el director del Colegio Nacional, señor Juan E. O'Leary. El inspirado cantor de nuestras glorias habló en la siguiente forma:

 

" Señores :

La juventud paraguaya ha querido que fuera yo quien en su nombre os diera la bienvenida en esta casa que es como el ALMA MATER del Paraguay moderno. Ella me ha pedido, también, que os expresara el inmenso júbilo que llena su alma al veros en nuestra tierra, materializando con vuestra presencia viejos afectos, cultivados al través del tiempo y de la distancia. Ella desea, en fin, que yo interprete sus sentimientos hacia la gran patria oriental y hacia sus hijos heroicos y caballerescos.

Pues bien, señores: escuchad el mensaje, y en la torpeza de mis palabras no busquéis sino la expresión de mi sinceridad. Vosotros sabéis, orientales hermanos, que por sobre todas las virtudes de nuestra raza ha estado siempre nuestra inflexible lealtad, ya que por acabar de ser leales lo fuimos hasta con el infortunio, con la derrota y con la muerte. Podéis, pues, creer que cuanto vais a oír es apenas un débil acento de lo que todos los paraguayos llevamos para vosotros en nuestro corazón sin dobleces, sentimientos tan profundamente arraigados que nada ha podido debilitar, ni aún la locura de los tiempos, ni aún los horrores de la guerra, en días que nosotros ni siquiera recordamos ya...

Y la verdad es que nuestra simpatía viene de lejos y que su explicación no es difícil si pedimos a la historia que ilumine las tinieblas del pasado.

Nuestras patrias vinieron a la vida en la misma hora, bajo idéntico destino. Una misma fatalidad pesó sobre las dos, un mismo anhelo las empujó adelante y los mismos contrastes se interpusieron en su camino. La geografía perfiló los caracteres singulares de la raza, y, dentro de la gran familia rioplatense, tuvimos nuestras fronteras morales, contra las cuales se estrellaron al Norte y al Sud las mismas ambiciones vecinales.

No necesito recordaros en todos sus detalles este estrecho paralelismo de nuestro ayer, ni necesito insistir sobre las infinitas afinidades de nuestros pueblos. Pero he de evocar el recuerdo de un episodio de nuestra común historia que es como la consagración de esa alianza espiritual que siempre ha existido entre nosotros :

Era la hora crepuscular, anunciadora del claro amanecer de un nuevo día. Extraños rumores flotaban sobre el ambiente de la dormida colonia. El descontento empezaba a agitar a los criollos, hasta entonces sumisos al yugo español. Nada había, pero los horizontes se oscurecían, y oídos bien expertos podían percibir el apagado rumor de la lejana tempestad. El virreinato, tranquilo en apariencia, era como un volcán en cuyas entrañas el fuego preparaba la erupción. Y ya lo sabéis, la vieja Albión precipitó los acontecimientos, llegando a nuestras puertas, en son de guerra y de conquista, fiada en nuestra secular docilidad, en nuestra antigua mansedumbre. Buenos Aires se irguió con arrogancia, Montevideo se aprestó también a la pelea... y el Paraguay acudió resuelto al primer llamado de sus hermanos en peligro.

La lucha fué terrible, revelándose un nuevo factor en el drama de la historia, factor activo, enérgico, avasallador, llamado a producir transformaciones radicales y a operar milagros ni siquiera sospechados. Ese factor era el hombre americano, con cuya acción el mundo no contaba, y bajo cuyo influjo redentor iba a florecer la libertad a la faz de la Europa esclavizada!

Salvada la vencida Capital, gracias a nuestro eficaz apoyo, los ingleses volvieron la vista a Montevideo, dirigiéndose contra ella. En tan apurado trance el desgraciado Marqués de Sobremonte corrió en vuestra defensa, al frente de un poderoso núcleo de milicianos, reclutados en las diversas provincias del virreinato. Entre ellos iban muchos centenares de paraguayos, a las órdenes del comandante José Antonio Yegros, padre del futuro prócer de nuestra independencia. Atacado por el invasor en los alrededores de la ciudad, Sobremonte no supo sacar partido de los elementos de que disponía, sacrificando torpemente a sus soldados y dándose a la fuga, apenas empezada la batalla. Los jinetes paraguayos, entre los que estaba el después brigadier Fulgencio Yegros, y los jinetes orientales, entre los que estaba el después general José Gervasio Artigas, pelearon juntos, resistieron juntos, murieron juntos, bajo el tremendo fuego de los cañones enemigos...

¡ Gervasio Artigas y Fulgencio Yegros !
¡ Pensadlo bien, hermanos orientales !
¿ No son acaso esos dos hombres providencia'es la encarnación viviente de su raza y la síntesis humana de nuestra historia patria ?

Artigas era el Uruguay que iba a nacer ; Yegros el Paraguay que se acercaba. Los dos confundidos en el heroísmo, abrazados en el peligro, juntos ante la muerte, eran como una revelación de nuestro destino, anudaban lazos que nunca se habían de romper, señalaban rumbos al porvenir.

Yegros y Artigas sellaban así, al pie de los muros de Montevideo, un pacto que todas las vicisitudes de nuestra tormentosa existencia no habían de destruir.

Y la sangre de nuestro héroe, herido de muerte en la batalla, rubricó aquel épico encuentro de dos pueblos, aquella fusión de dos razas, aquella comunión de dos patrias en un solo ideal de libertad.

He aquí el punto de partida de esta corriente de hondo afecto y de inquebrantable simpatía que nos une, suprimiendo distancias, haciendo rimar los latidos de nuestro corazón en una indestructible fraternidad.

De allí arranca esa afinidad de sentimientos entre paraguayos y orientales, que si alguna vez parece turbada por la demencia de los hombres, es sólo para resurgir más vigorosa, para asegurar definitivamente su imperio, para echar más hondas raíces en las entrañas de nuestro pueblo.

Quizá Artigas no presintió que a su lado caía Yegros, vale decir el Paraguay, para levantarse vencedor del polvo de la derrota. Quizá Yegros no sospechó que junto a él era vencido aquel oscuro blandengue, en cuya alma de fuego ardía el patriotismo charrúa, inmenso predestinado de vuestra historia, condensación luminosa de esos vagos instintos de la raza a los que él dió forma, a los que él dió vida, pronunciando la primera palabra de vuestro génesis. Pero desde aquella sangrienta encrucijada en que se puso a prueba el temple de nuestro espíritu, partieron los dos profetas, el uno hacia vuestras cuchillas, el otro hacia nuestras selvas, sombríos y meditabundos, deslumbrados por la misma revelación. Y cuando sonó la hora del peligro, lanzados en pos del mismo ideal, detenidos por idénticos obstáculos, amenazados en su obra y desconocidos en su empresa por la misma implacable madrastra, Artigas y Yegros se buscaron a la distancia, como viejos camaradas, y sus miradas se encontraron, si bien sus anhelos salvadores no pudieron fundirse en la realidad de los hechos. Estaba escrito que ellos arrojarían la semilla y la fecundarían con sus lágrimas y con su sangre, pero que no verían brillar el día del triunfo, el día bendito de la sacra cosecha, desde los umbrales del hogar feliz, en medio de sus pueblos redimidos.

Y cuando llegó para el patriarca el instante inicial de su larga agonía, en aquel melancólico declinar de su fortuna, desecha honores, rechaza prebendas, agradece gentiles ofrecimientos, y, doblando sobre el pecho la cabeza, pone al trote su fatigado caballo de batalla, que en diez años no ha tenido una hora de descanso... y marcha al Paraguay !

Vencido, traicionado, seguido sólo de algunos pocos compañeros y de muchos indios guaraníes—¡ indios de nuestra raza!—cruza las Misiones en que Andresito escribiera no pocos cantos de su epopeya, y va a pedir asilo al nuestro temible Dictador, cuyas miradas fosforecen allá en el fondo de ese oscuro antro en que se agazapa, celoso y desconfiado.

¿ Por qué ha escogido ese refugio a su desgracia ?
¿ Por qué ha preferido el Paraguay de Francia a la libérrima tierra de Washington que le llama ?

¿ Qué buscaba vuestro prócer en nuestra infeliz tierra esclavizada ?
¿ Habéis pensado en esto, hermanos orientales ?
¡ Oh, las misteriosas corrientes de la historia, con cuanta lógica discurren, empujando a los actores en el gran drama del pasado !

¡ Artigas no podía ir sino al Paraguay ! Sólo allí encontraría el calor de un afecto fraternal, la solicitud del hogar perdido, el ambiente propicio de una sociedad que le acogería con cariño y con respeto, haciéndole olvidar su dolorosa condición de desterrado. Éramos de su familia, paisanos nos llamaba, y, a pesar de todos sus extravíos, respetaba en nuestro Dictador la ferocidad de su patriotismo, y tenía fe en su generosidad ante la majestad de su infortunio.

Y vuestro Artigas pasó treinta años de su vida en medio de nosotros, sin sentir los rigores de la ausencia, descansando su gran alma atormentada, sin molestias, sin quebrantos, en una infinita placidez, poniéndose en los horizontes de nuestra tierra, como un sereno sol tras un tranquilo atardecer.

Y vosotros no ignoráis, hermanos nuestros, que el solitario de Curuguaty, que vuestro padre Artigas no quiso tornar nunca a su terruño, no quiso abandonar este postrer refugio de su gloria, encontrando bueno el lecho que su segunda patria le ofrecía para dormir su último sueño. Tampoco debéis haber olvidado que aquel gigante en escombros, que aquella sombra octogenaria, que sólo alentaba por el poder de su espíritu vigoroso, aún se irguió sobre sus años, cuando de nuevo peligró nuestra independencia, ofreciéndonos su vieja espada de Las Piedras con los últimos alientos de su vida...

Y si en los albores de nuestra historia, Yegros, cayendo al pie de Montevideo, selló con su sangre un pacto irrevocable entre dos pueblos, Artigas, entregándonos todo su ser, dándonos lo que le quedaba, los últimos latidos de su corazón, y, junto con su espíritu, su envoltura material, ratificaba para siempre la estrecha solidaridad de nuestras patrias, legándonos el sagrado e ineludible deber de ser hermanos, como hijos suyos, hijos predilectos de su gloria y de su infortunio !

Y bien, hermanos orientales : tal es el origen de nuestro afecto, de esta ingénita simpatía que desde lejos nos atrae, de esta fraternidad que nos vincula a través de todas las vicisitudes, por sobre todos los errores.

Agregad a esto que de una sola lira brotaron los conmovedores acentos de nuestros himnos, en cuyas vibrantes melodías se diluye el alma de nuestros pueblos... Agregad que un bardo vuestro fué el primero que lloró sobre nuestras ruinas, sobre “nuestra Jerusalén rota y saquada”... y que fuisteis vosotros los primeros también en darnos la mano, tras el horrendo duelo, devolviéndonos esos sangrientos despojos de nuestro heroísmo sin fortuna, renunciando a una herencia de odios que vuestra nobleza repudiaba, para imponernos solamente una deuda de gratitud... Y tendréis la explicación de ese creciente cariño hacia vosotros que las nuevas generaciones paraguayas han recibido de sus mayores, y de ese intenso júbilo con que os vemos llegar a nuestras playas, como a ausentes queridos, por cuya vuelta suspirábamos.

Y como si aun no fuesen suficientes tantos vínculos, vuestra generosidad ha querido sellar, una vez más, esta estrecha fraternidad, fundiendo en bronce vuestro afecto, para dejar sobre la tumba del guerrero que simboliza nuestra esperanza en el desastre, el homenaje del Uruguay de hoy en los laureles de una corona.

¡ Gracias, hermanos !
El presente y el pasado se refunden así en la gran memoria de Artigas. Yegros y Díaz no son sino la Patria misma en marcha hacia el porvenir. Con la sangre del uno se firmó el primer pacto en vuestra tierra, sobre el sepulcro del otro va a confirmarse la eternidad de ese abrazo que impusiera el Sembrador. Pero, por sobre todo, está él, su espíritu flota sobre nuestra vida, como sobre el caos el espíritu de Dios. Somos hermanos en Él, y lo seremos, a pesar de todos nuestros errores y extravíos, porque más poderosa que nuestras pasiones, y más grande que nuestras debilidades, es la sugestión de su recuerdo !"

 

-En 1911 llegaron los primeros peregrinos patrioticos en relaciòn al centenario de la victoria de La Piedras en 1911, pero no fue hasta abril del año 1913, en que el Paraguay al enterarse de la venida de una nueva Peregrinacion reafrma enviando al Uruguay los papeles de Derechos sobre el lote del Solar, En mayo, durante la estadìa de la delegación es que fue escogido un espacio de los lugares descanso de Don Josè, este comprendìa un añoso ejemplar de Yvyra-pytà.
El Proyecto de dicha peregrinaciòn fue presentado por el director de "La Prensa", de la ciudad de Salto y el "Club Juventud Salteña" al cumplirse un siglo de las Instrucciones del año XIII,

 Los peregrinos parlamentarios y una secciòn del regimiento de Blandengues encabezaron la comisión en esa oportunidad..
Los discursos fueron realizados por el Presidente de Paraguay Don Eduardo Shaerer haciendo referencia a la entrañable amistad entre Artigas y Yegros, que fue recordada durante los festejos por los historiadores Dominguez y por el poeta escritor OLeary el 14 de mayo de 1913, teniendo como centro de reuniòn el umbroso Yvyra-pytà. La entusiasta comitiva conto con la colaboraciòn del Gobierno, que en aquella època presidia Don Josè Batlle y Ordoñez. Dentro de las destacadas personalidades se encontraban, el Dr. Daniel Muñoz, Fermin Yeregui, Julio Marìa Sosa, Joaquin Sanchez, Jose M. Fernandez Saldaña, Luis S. de Herrera, el Pbro. Arturo M. Arrivillaga, Antonio Grompone, Ramòn P. Miranda, Eduardo Salterain Herrera, Cañizas, Constancio Ferreira, Raùl Casal Ribeiro, etc etc entre otros.
La idea original de la fundaciòn de una escuela pùblica honrando la memoria del pròcer y llamada "Artigas" en el "Solar Asunceño de Artigas", perteneciò a uno de los peregrinos, el historiador Hector Miranda.

 -Otro de los discursos realizados estuvo a cargo del gran poeta paraguayo Eloy Fariña Nuñez, al otro dìa, el 15 de Mayo de 1913.
Núñez conmovió a los "charrúas" visitantes, con estos versos:
"....Sed bienvenidos, nobles uruguayos hijos de la gentil Montevideo a la tierra solar donde durmiera el gran Artigas su glorioso sueño y donde no seréis jamás extraños desde que disteis el viril ejemplo de perdonar la deuda de la guerra y de restituirnos los trofeos...".

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 Fuente: Paraguay-Uruguay las fiestas de confraternidad celebradas en Asuncion con motivo de la peregrinacion ,  Por Adriano Irala y Santino Burgos .Bs.As.1913

Investigaciòn; Roberto Schiappapietra

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